Camino inexistente

No habría nada como liarse la manta a la cabeza y decidirse, pasara lo que pasara, a emprender un camino inexistente en la realidad cotidiana. Podría tratarse desde un camino jamás pensado, emprendido a la aventura, hasta un camino tantas veces imaginado que pudiera parecernos tan real como el más real de todos los caminos, pero que vamos aplazando y aplazando y aplazando…

Lo de inexistente suele venir explicado por “falta de cojones”; que es lo que, sin tapujos ni zarandajas, se ha venido denominando, de toda la vida, a la falta de determinación para afrontar algo que habría que haber abordado hace tiempo y que ya, en este momento, habría que hacer sin más demora.

Ya sé que cualquier análisis, por superficial que se hiciera, no soportaría la contundencia de dichas palabras; las cosas como son. Un análisis más profundo nos llevaría, quizás, a que la contundencia es, además de malsonante, de una parcialidad extrema e incorrecta políticamente; pero os aseguro que se trata, únicamente, de traer aquí una expresión popular ampliamente utilizada para señalar lo ya indicado, es decir, el aplazamiento de algo que ya se tenía que haber hecho.

No quisiera entrar en “asuntos de política” como elefante en una cacharreía ni, mucho menos, mencionar la palabra constitución -no sé si tendría que haberla escrito con mayúscula, es una duda que me suele ocurrir con ciertas palabras- pero con esta en concreto, al menos en España, podemos hacernos una idea de lo que es un camino inexistente.

Sí, queridos seres humanos, la “falta de cojones” parece ser que ha hecho mucho daño a la historia, sobre todo a aquella que pudo haber sido y nunca fue. Me estoy refiriendo, por supuesto, a nuestra historia, a la historia del ser humano.

También está ahí la historia de cada uno, y ahí no me meto yo; lo que le falte o le sobre a cada individuo es cosa suya y de nadie más. Eso sí, la historia del ser humano, la general, no sería nada sin las historias individuales, sobradas, justas o faltas de contundencia.

Antes de continuar tengo que advertir a las diferentes sensibilidades que puedan, libremente, adentrarse a través de estos surcos de palabras, que hoy comienzo a labrar por un camino inexistente, que son solo eso: palabras. Palabras que se vienen utilizado a través de los siglos para expresarse, que unas veces han salido victoriosas en ese empeño y, otras veces, para qué engañarse, han salido… -iba a decir que derrotadas-, pero no, mucho peor aún; ni siquiera han salido: se quedaron en la nada, como tantas y tantas naderías humanas.

No voy a seguir insistiendo en el porqué de las cosas que no pasan, o, en el mejor de los casos, en aquellas que, incomprensiblemente, se retrasan; pero déjenme que les asegure que existen, sí, que abundan, diría yo, y que abundan más de lo que cualquiera pudiera imaginar. Me atrevería a decir que lo que realmente ocurre, lo que finalmente ve la luz, se trata de lo que podríamos denominar la punta del iceberg de lo imaginado.

¡Somos así!

¿Qué se le va a hacer?

 

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La historia está harta

                                             A Carmen de Burgos (1867-1932)

 

La historia está harta
de ver
que no podemos.

La historia está harta
de callar
lo que no hacemos.

Su silencio sugiere
cómo hacer
que parezca
que nos movemos.

Los silencios de tantos
son silencios impuestos
por la fuerza
de horrorosos sucesos.

La historia está harta
de esperar
que la cambien un día.

La historia está harta
de que siempre
decidan los mismos.

Su espera ya es larga
y se antoja inútil
si solo cuentan
los “-ismos”.

La historia está harta
de contar la versión
del que vence en el duelo.

La historia está harta
de olvidar
al que queda en el suelo.

Lo que otros sufrieron
no le sirve ya a nadie,
pero sirve de ejemplo
para hacernos cobardes.

La historia está harta
de contar
con el mismo destino.

La historia está harta
de que nadie se atreva
por otro camino.

El confort se hizo cargo
de dormir nuestras mentes,
de sumir nuestros sueños
en profundo letargo.

La historia está harta
de un fluir
tan amargo.

La historia está harta
del que vive sin vida,
del que pasa de largo.

Para vivir la vida

Para vivir la vida
solo hay que evitar
ser abatido
o conducirse,
sin sentido,
hacia destinos
que marcan otros
para cumplir objetivos.

No está la vida
para andar mirándose
el ombligo
ni para andar llorando
por cualquier motivo.

Estamos porque estamos,
porque nos han parido,
y ya que estamos; somos,
nos hayan o no querido.

No es bueno dejarse llevar
por la corriente
ni querer ser ejemplo
de cordura ante la gente.

No es bueno lamentar
haber nacido
ni llegar al final
sin haber vivido.

Mirar la cicatriz
no es un camino.
Pensar y no actuar
no lleva
a ningún destino.

Un paso y otro paso,
junto a otros
con sus pasos,
es suficiente
para afirmar
que estamos vivos.

El juego más tonto del mundo

Hace algunos días leí una entrada que me gustó especialmente. Lejos de su natal Puerto Rico, Melba Gómez (melbag123) gestiona entre los recuerdos de su infancia la necesaria paz de cada día.

Me gustó tanto esa mirada atrás, que me propuse hacer algo parecido.
Este es mi primer intento, limitado, y extrapolado -porque no he podido evitarlo- a lo que ahora nos está tocando vivir en esta España.

Mi infancia transcurrió  en aquellos tiempos en los que no había tele, o, si la había, no había entrado en la mayoría de las casas; apenas circulaban coches, porque aún no estaban al alcance de los que, a duras penas, tenían para satisfacer sus necesidades básicas; la electricidad era solo para alumbrarse, porque apenas había electrodomésticos que enchufar; funcionaba la radio para recibir “el parte” único, la novela de la tarde para las mujeres, el fútbol de los domingos para los hombres y poco más para repartir entre todos. La democracia hacía años que se había perdido y andaba lejos, escondida, perseguida…

Con estas condiciones, la niñez era de mucha calle, de mucho juego colectivo, de juegos de temporada, de juegos de ejercicio diversificado físico y mental.

No sé si recuerdo los nombres con exactitud. Tampoco sé si esos nombres eran los mismos en todos los lugares. Recuerdo algunos: el escondite, el pañuelo, el pincho, el trompo, las bolas, el aro, los chinos, el pilla-pilla; con sus variantes: el corta-hilo, el marro, el gavilán… y también estaban los que no requerían desgaste físico ni habilidades específicas ni material alguno: aquí me pierdo con los nombres, pero me viene a la memoria una escena de uno de ellos: “el juego más tonto del mundo”, como más de un mayor y algún infante lo definieron entonces. En él íbamos declarando qué queríamos ser de mayor y para qué.

Tal vez por la falta de perspectiva, por la ignorancia de aquellos años cincuenta y sesenta; el juego más tonto del mundo, nos llevaba a ir picando alto para resultar “vencedores”:

– Yo quiero ser… practicante, para ver muchos culos.
– Yo seré médico, para ver mucho más.
– Yo… capitán, para mandar y mandar.
– Yo voy a ser Franco y mandaré en ti, capitán.
– Yo tendré que ser cura y tú en mí no mandarás.
– ¡Ay que no! Ya seré Papa. ¿A ver qué va a pasar?
– Nada, nada, muchacho. Yo seré Dios… ¡Ya está!

Ahora, en estos tiempos que vivimos. Hace unos meses, o unos años, (hay que ver cómo pasa el tiempo) en las paredes de los edificios de muchas calles de mi ciudad, y supongo que de casi todas, se podían leer pintadas que, como si se tratara de una variante del dichoso juego, al cabo de unos días eran corregidas inexorablemente:

¡PODEMOS!
VOTA
PODEMOS

Después de las correcciones, ésta concretamente, quedó así:

¡POTEMOS!
POTA
POTEMOS

Pero… es que entre los “líderes políticos” de esta democrática España, me da la impresión de que se sigue jugando al juego más tonto del mundo:

– Yo quiero ser… demócrata, para ver muchos votos.
– Yo seré republicano, para ver mucho más.
– Yo… presidente, para mandar y mandar.
– Yo voy a ser rey y mandaré en ti, presidente.
– Yo tendré que ser fiscal y tú en mí no mandarás.
– ¡Ay que no! Yo seré juez. ¿A ver que va a pasar?
– Nada, nada, muchacho. Yo seré como dios… ¡Ya está!

Señorías y demás políticos: no estamos para juegos.
Gánense sus privilegiados sueldos haciendo política. Permitan que esta raquítica democracia crezca entre el pueblo que decís representar. Dejen que camine a diario por las calles para que no se exprese solo en pintadas insulsas o en esporádicos votos interesados. Ábranle las puertas de los colegios para que juegue y crezca con los que han de protegerla en el futuro. Denle valor al ser humano y recorten, ahí sí, recorten… recorten el desmesurado valor que le otorgáis a vuestro tener.