El animal, el hombre, la sangre…

El pobre muchacho se quedó boquiabierto cuando el maestro, en un repaso de Ciencias Naturales le preguntó:

– ¿Tú eres un animal?

Cerró la boca como pudo, miró de reojo a los compañeros y respondió:

– Yo no. Yo soy una persona. ¿Y tú? (aquello del usted se perdió y perdido queda) 

– Claro que sí. Yo soy un animal. Mira -enseñándole el libro de ciencias-.

Cuando observó la foto de un niño, en una de las láminas del libro que trataba de la clasificación de los animales, entre las de un oso, un león, un tigre, un mono… no sabía cómo reaccionar.

Y es que muchos humanos nos creemos superiores a otros por detalles que no tienen importancia, detalles que nosotros mismos sobrevaloramos. Seguramente porque la cotización de lo que se valora está alta en esos momentos en el vigente mercado de la vida, pero no porque realmente lo valorado suponga ni un ápice más de superioridad real sobre nadie.

El extremo de esta autoevaluación absurda lo tenemos reciente. No hay más que ver las imágenes de los horrores nazis en la Europa de hace nada. Una visita a alguno de los campos de concentración de los “raza superior-alemanes” nos impresionará, sin duda, solamente al contemplar una de las habitaciones llenas de montañas de cabellos expropiados a las víctimas: lo último y más intimo que podían expropiar a una persona, por muy animal que hubiera sido, y nos puede dar la clave de la ineficacia, como seres serios, de la propia evaluación y de la comparación con nuestros semejantes, con nuestros hermanos, cuando lo hacemos mirando únicamente nuestro beneficio.

La suma constante de asesinatos violentos entre nosotros mismos, con apellido dependiente de la moda vigente: que si de género, que si político, que si sexual… nos debería hacer reflexionar, para mejorar como especie, y llevarnos a dejar de esforzarnos en situarnos en el centro en clasificaciones de animales ya que, al fin y al cabo, somos el único animal que las hace y me da la impresión de que las hacemos a nuestro gusto, observandonos el consabido centro de nuestro ser: nuestro ombligo. Y si no somos capaces de esa reflexión, sigamos como hasta ahora y a ver a donde llegamos.

Y no indaguemos en lo cotidiano, en lo que no llega a la categoría de suceso, pero que sucede; en lo que no derrama sangre, pero que hiere; en lo que no asesina violentamente, pero que deja millones de muertos, uno a uno, que no tienen más remedio que seguir viviendo. No indaguemos porque tendriamos que expulsarnos, si hubiera justicia, de nuestro propio paraiso. (O inventarnos alguien que lo hiciera, o pedir que otro animal hiciera las clasificaciones dichosas.)

La sangre…, la familia…, resulta ser el sitio donde más violencia de baja intensidad se produce cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día. Pero eso no es noticia en ningún medio de comunicación.

Muchos Brutos, con ropajes de santo y sin argumentos, hacen sufrir y matan a los que llevan su misma sangre, a los de su misma especie. Muchos Hitleritos caseros… Muchos monstruos de su casa… Mucha chulería… económico-política… Mucho creer que los animales son otros.

¿Cuándo vamos a asumir que, uno a uno, no somos para tanto?

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