INVISIBLES Y DISCAPACITADOS

Los humanos y humanas, como se decía cuando la política sobraba como para preocuparse por estas cuestiones del lenguaje, hemos llegado a adquirir una discapacidad que puede arruinar nuestra existencia en un futuro no muy lejano. Se trata de una discapacidad que no consta aún en los registros de discapacidades. Eso, hasta que los del DSM o los del CIE no se pongan manos a la obra, no va a quedar registrado y no existirá oficialmente; pero discapacitados de este tipo, como ocurre con las meigas, aunque no estén registrados: haberlos, haylos.

Esta peculiar discapacidad ha sido observada en muchísimas ocasiones, y se cuenta con documentación periodística abundante, lo cual facilitará el trámite científico para el asunto del posterior registro cuando el “interés” lo determine.

Inicialmente afectó a los “responsables de hacer el recuento” de las personas que, en ocasiones especialmente delicadas y límites, acudian a la llamada de los “convocantes” y abarrotaban calles y plazas para “airear a los cuatro vientos” su preocupación, enfado, indignación o cualquier otro sentimiento explícito para hacer llegar a los “responsables de” la situación -generalmente precaria-, la conveniencia de disponer todo lo necesario para tratar de mejorar los síntomas y las consecuencias del malestar “aireado”.

Los “responsables de”, en todos los casos documentados, habían mirado las plazas repletas y las calles atestadas; pero no habían conseguido ver lo que las mismísimas imágenes -estáticas o en movimiento- llevaban a todos los rincones del planeta. Tamaña discapacidad pasó desapercibida al principio; pero enseguida comenzó a comentarse, por los más avezados periodistas de todos los medios, con una extraña mezcla entre perplejidad y socarronería que evolucionó a un implícito consenso en el que se daban las cifras de los “responsables de” junto a las de los “convocantes”, se terminaba con un chiste fácil sobre las abismales diferencias de los recuentos y se dividía entre dos.

Pero la cuestión aquí es la discapacidad que lleva a una persona, que no tiene problemas serios en sus ojos ni en sus conexiones con su cerebro, a no ver lo que está mirando.

Es preciso que quien esté leyendo advierta, en este momento, que unas líneas más arriba he escrito que la cuestión… “es la discapacidad que lleva a una persona,”

¡…per-so-na…! ¡…per-so-na…! ¡…per-so-na…!

¡No he escrito “responsable de”! ¡He escrito persona! ¡Eso es lo malo!

Esta discapacidad se ha extendido y, desafortunadamente, constituye una pandemia mundial que tampoco tiene registrada la OMS. ¡Y mira que es grave!

Esta discapacidad, de persistir, arruinará nuestra existencia en un futuro no muy lejano.

Algo así parece insinuar el poema XXIII del libro de poemas.

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XXIII

SER Y NO SER

Es un día azul

-como tantos otros-

y como otros

intento vivir.

Como esos niños que juegan,

para los que no existe

otro momento

que aquel

que están viviendo,

-el que disputan

tiernamente

al compañero-

buscando,

simplemente,

-siendo-

imitar, ingenuamente,

a quien no es.

-De “Primeros pasos”

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