LA REALIDAD O EL SISTEMA

Sentirse invisible ante los “responsables de” mantener lo que ahora es, pero que debería ser mejorado -o reformado- para beneficio de todos, puede doler.

– ¡Duele! (Lo certifico)

Puede entenderse que los “responsables”, cuando actúan, estén defendiendo su posición, aunque no recuerden, o no les interese saber, quienes son los que los han colocado en esa responsabilidad ni ante quienes tendrían que demostrar su lealtad.

Habrá que dejar de sentirse invisible. Habrá que dejar de mantener a los que nos quieren invisibles. Habrá que negarles la responsabilidad que le confiamos de cuando en cuando, porque ellos entienden, con demasiada frecuencia, que es para siempre. Habrá que hacerse visible -no colaborando en el mantenimiento de lo que tiene que cambiar y sin echar mano de la violencia- para alcanzar ese beneficio de todos. También para los invisibles.

Lo que apenas puede creerse es la variedad de “responsables” esperpénticos que podemos encontarnos día a día, además de los “responsables” puros -los elegidos- :

– Aquellos que, realmente, no son responsables de nada; porque nadie les ha dado atribución alguna, pero se la han tomado y la defienden a toda costa.

– Los que te declaran invisible-a-los-ojos-de-otros que te ven si estás delante de ellos. Es curioso lo que ocurre: cuando esos otros te encuentran a solas, actúan como si el invisible fuera el que ha usurpado la hipotética “responsabilidad de” (invisibilidad inversa); pero cuando el usurpador también está presente, la discapacidad se manifiesta cruda y… si se te había declarado invisible: eres invisible.

– Los responsables de ellos mismos, “dueños de si / dueños de nada -gracias Manuel*- que por no ver, no ven nada que no sea su cara bonita o sus santos cojones. ¡Qué dolor!

Lo más doloroso, sin embargo, es la discapacidad que se ha metido en los hogares y se ha instalado en las familias, entre padres e hijos, entre hermanos…

¿Cómo, si no, iba un padre a reducir a cenizas a sus hijos en un horno improvisado, o a desentenderse de ellos porque se le acabó el amor con su pareja? ¿Cómo una madre podría congelar a sus propios hijos recién nacidos, o prescindir con frialdad del calor de muchos años? ¿Cómo una hermana puede renunciar a sus hermanos porque se cree más que ellos? ¿Cómo un hijo ignora y desprecia a la madre que le ha dado todo, todos los días de su vida, sin pedirle nada a cambio? ¿Cómo personas a las que se les presume el amor, se comportan con un “ser querido” como ningún animal lo haría con ninguno de su especie?

Quizá la madre despreciada, los hermanos olvidados, los hijos enfriados, congelados, incinerados o desamparados debieron exigir respeto y comprensión en algún momento.

Un sistema (para dos personas o para toda la humanidad) es preciso, aceptable y defendible si el conjunto de sus reglas o principios también es preciso, aceptable y defendible por la mayoría que lo reconoce.

Si el sistema es alterado por una parte que se siente “responsable de” su mantenimiento, y esa alteración lo convierte en impreciso, inaceptable e indefendible por la mayoría que ya no lo reconoce. Ese sistema se muere y hay que ayudarle a que se extinga y la decisión hay que tomarla aunque duela.

Si para no ser tildado de antisistema, por un sistema que muere para la mayoría, cada persona abandona su ser genuino y se limita y se acomoda a lo que ese sistema espera de ella y convierte lo visible en invisible y deja de ser ella misma y lo vive con tanta naturalidad que no ve que no ve lo que está a la vista y que no siente lo que sienten los que el sistema ha escupido fuera de si; la realidad es dolorosa… muy triste… y hay que cambiarla.

No esperar a que la cambien los responsables que viven perfectamente en un sistema que se reproduce a si mismo.

El primer paso** solo puede ser uno: no colaborar en el mantenimiento de lo que es inaceptable e indefendible. No colaborar con un sistema que no busca lo mejor para todos sino el beneficio de los que se creen “responsables”.

* Manuel Altolaguirre.

** La realidad fundamental de todo el que se cree el ombligo del mundo es actuar siempre con la lógica del beneficio para el responsable, que para eso manda y sabe. El error de los invisibles es dejarse guiar por los “expertos” que aseguran que saben siempre lo que hay que hacer, pero nunca dicen que lo que hacen es, ante todo, para su propio beneficio. Ante esta situación, el libro de poemas recomendaba, hace décadas, una decisión personal (poema LX) que puede indicar el primer paso de un camino.

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LX

Resignate, así es la vida.

Tienes que estar contento.

-ese es el consejo

de la decadencia-

Prudencia, prudencia amigo,

tú eres la inexperiencia.

-así es la voz hipócrita

de la caduca vigencia-

Escucha: quiero ayudarte,

acude a mi, cierra tus ojos, espera.

-así habla el interés

a la inocencia-

¡Hipócrita!

Prefiero dar mis pasos.

No quiero tus consejos,

tampoco tu experiencia.

No quiero oir tu voz.

Me gusta mucho más mi inexperiencia.

16 – Nov.

De “Poemas del Camino”

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