Recuerdos del futuro

Noé Gabardino Rodríguez es un hombre que vive según sus posibilidades. Como la inmensa mayoría de las personas que habitan Quintana. Los recursos son los que son y el sistema político-administrativo, abolido el dinero, está basado en la distribución del tiempo en quintos, descontadas cuatro horas del día que son de libre disposición de cada persona. Todo fluye por el cauce democrático, todos respetan las decisiones que se establecen, por mayoría, después del imprescindible debate; decisiones que son, siempre, las necesarias para el bien común.

Los habitantes de Quintana reconocen el valor de la voluntad de la mayoría y el respeto a las opiniones diferentes, que han de ser tenidas en cuenta para la ponderación de todas las decisiones. Todos deben elegir una tarea para la comunidad, según su capacidad, fijada en un quinto del horario de administración, otro quinto es para el desarrollo personal y dos quintos para descanso. El quinto restante está destinado a la participación en asuntos decisorios de la comunidad, en el nivel en que cada persona sea elegida.

Todos saben que cuando algún mal les sobrevenga se encontrarán protegidos. El trabajo bien hecho es la garantía del funcionamiento de Quintana. La garantía de que siempre te está atendiendo un profesional que está haciendo su trabajo igual que tú haces el tuyo.

Los habitantes de Quintana siguen y respetan las normas que provienen del final de la época anterior. Una época de guerras horrorosas a escala planetaria, dos sistemas en lucha permanente, dos formas de no entender lo humano que determinaron dos formas de no resolver la convivencia. Dos bloques que pugnaron por prevalecer por encima del otro y que, finalmente, acabaron extinguiéndose los dos en un corto espacio de tiempo.

La guerra fría entre los bloques dio paso a la globalización, a la ciega codicia, a la permisividad del boom y las burbujas, a la imposición de prácticas perversas a los estados, a la eliminación de la política como se había practicado hasta entonces y a su sustitución por la economía de la austeridad que lo convirtió todo en agujeros negros, en caminos sin retorno, en problemas sin solución y en los ajustes salvajes de la llamada época de los rescates.

Aquella época en la que la humanidad se puso en peligro de extinción por un error de cálculo. No por bombas nucleares ni por obuses, ni siquiera por fusiles y pistolas repartidos en dos bandos. Por un lamentable error. Se creyó más en la economía que en la política. Se otorgó más valor al crecimiento de beneficios de unos pocos que al mantenimiento del trabajo y la ilusión de una mayoría, sin grandes pretensiones, que delegó en unos irresponsables “responsables” que terminaron matando a la gallina de los huevos de oro.

En la última etapa de la época de los rescates. Los partidos políticos y los sindicatos fueron enflaqueciendo y se perdió la fuerza que había conducido a una parte de la humanidad a lo que se había denominado, con excesiva grandilocuencia, el estado del bienestar. Su desmantelamiento, país por país, fue agónico y brutal: primero Grecia, después Portugal, Irlanda, España, Italia, Francia… Alemania. Europa arrastró a América. Una caída llevó a la otra y todas juntas al desastre.

El mundo se volvió loco. Las imposiciones insoportables a los paises más débiles se tradujeron en imposiciones desorbitadas a los más pobres que, indignados con los gobernantes y con el sistema, trataron de organizarse de una forma más humana.

El impulso definitivo lo materializó un nutrido grupo de indignados que no cedió ante la provocación de las minorías gobernantes, que se habían dejado llevar por el error de considerar prioritario el crecimiento de los beneficios de la minoría propietaria de la riqueza ante los derechos al trabajo y a la dignidad como personas de la mayoría. Error que condujo al mayor desgaste humanitario de la historia: a la época del retroceso.

Desde entonces la humanidad camina hacia el pasado y los recuerdos siempre vienen del futuro*: de Quintana.

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*José Gabardino Manso, en un pueblecito de Extremadura, guarda como un tesoro, entre las páginas de un ejemplar de ENSAYO SOBRE LA CEGUERA, el documento con las propuestas para la fundación de Quintana.

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LVI

Amarillean las hojas de mis libros

y mis cabellos se tornan blanquecinos,

como la nieve de nuestros corazones.

¡Cómo se hundieron aquellas ilusiones

labradas con trabajo y sacrificio!

¿Recuerdas cuando yo vivía en mis libros

mientras el fuego abrasaba mis sentidos?

¿Recuerdas que vendí mis ilusiones

sin saber de la vida más sabores

que el sabor de tu cuerpo dolorido?

Siento pena de mis penas…

y siento la sangre en mis venas

correr como nunca ha corrido.

Es que al fin he comprendido

por qué mi sangre y las hienas…

por qué las penas conmigo.

    – De Poemas rescatados

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