Vivir… sin imposiciones

 

                        Mis sentimientos habían estado condenados a vivir clandestinamente desde que tengo uso de razón.

 No sé por qué intento engañarme al utilizar el pasado hace un momento. Mis sentimientos son clandestinos ahora. Y no solo los míos, estoy seguro. Me temo que la familia-sociedad se ha encargado, sin imposiciones que se puedan detectar en el momento, de que cada uno de sus miembros se tragara, literalmente, conforme iba llegando a este mundo, la mayor parte de sus sentimientos.

Las he pasado putas tragando mis emociones… por tradición, o por lo que sea que no acierto a identificar.

Llevo cinco años, dos meses y quince días sin tragar.

He aprendido que no hay que reprimir ni negar las emociones.

He conseguido manejarlas, tanteando en la oscuridad de mi camino, hasta averiguar que se puede transformar lo negativo en positivo; aunque lo negativo sea más abundante y lo positivo muy escaso.

He cometido errores que se han traducido en consecuencias espirituales, sociales y físicas. ¡No hay dolor!

Se aprende de los errores, pero el surco de cada error ahí queda: en tu cuerpo y en tu alma. Lamentablemente nadie escarmienta en cabeza ajena.

Desde niño, consiguí una asombrosa capacidad para situar a mis emociones en aquella especie de pista de pruebas, que había llegado a crear, desde que mamá me había respondido que no me daba besos, como a los otros niños sus madres, porque yo no era tan bueno como los otros. ¡Estuve meándome en la cama una década!

Con el tiempo y experiencias similares, fui perfeccionando la técnica hasta convertirla en una activísima autopista, estilo alemán, donde las emociones sobrevenidas aceleraban a velocidades sin límite y, paradógicamente, me permitían ganar tiempo para evaluar las consecuencias de cada inevitable respuesta de mi cuerpo y, con el tiempo ganado, programar la manera de actuar.

Aquella capacidad me había proporcionado un cierto control de mis sentimientos. Se trataba de una especie de dique de contención que aplazaba, por un tiempo indeterminado, ese latigazo interno que, desde el origen de los tiempos, ha servido al animal para conseguir la supervivencia.

Pero toda acción tiene su reacción. Todo ejercicio, sus consecuencias. Y el continuo ensayo-error, con todos los errores propios del procedimiento, me fueron segregando de una parte de mi familia inicial, de todo el dios que me presentaron, de esta sociedad conformista e hipócrita que vive por inercia, creando desigualdades, admitiendo corrupciones y manteniendo trasnochadas tradiciones; mientras devora a sus jóvenes sin contemplación o les niega el beso con excusas sin sentido.

Ningún problema específico parece tener la culpa de esta separatidad que acepto, pero combato sin estridencias, solo y sin armas, con la única fuerza de mi trabajo silenciado por la ignorancia y la conveniencia, pero tangible.

¡Es el precio de vivir… sin aceptar imposiciones severas! (me lo repito todos los días).

Pero soy feliz. Conozco el antídoto contra la separatidad. Es el amor: el que no exige contrapartidas, el que aprecia lo positivo, el que no se borra con el tiempo ni con la distancia ni con ataques de ira ni con excusas. No es el amor de los mercados ni el de los intereses, no es el de las fiestas ni el de los gritos, no el que se alimenta de las inconscientes emociones. ¡Es decisión! ¡Es consciencia! ¡Es sentimiento!

Hoy se ha cerrado la autopista y he llorado con mi hijo, abrazados los dos, a lágrima viva. Mañana estaremos separamos casi cinco mil kilómetros, pero los abrazos y los besos serán suficientes para transformarlo todo en alegría, así que… ¡Nada de tristezas, hijo! ¡Nada de miedos!

Recuerda… y vive.

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¡Crisis! ¿Qué crisis?

Cuando comienza a oler mal en nuestra casa, de una forma distinta a la acostumbrada, nuestras narices indagan, de manera autónoma, con leves y repetidas aspiraciones que llegan a conseguir movilizar al resto del cuerpo hasta dar con el foco del hedor. Detectado el nucleo del problema, si está en nuestra mano arregarlo, acometemos inmediatamente la operación limpieza o, si no tenemos las herramientas necesarias, llamamos a un profesional para que nos haga el trabajo. ¡Volvemos a vivir con los olores que nos gustan o, al menos, con los que solemos soportar!

Ya hace tiempo que huele mal en nuestra España, en nuestra democracia, en nuestra monarquía, en nuestros partidos, en nuestros sindicatos… y nuestras narices aguantan sin indagar. No se activa ese reflejo que tenemos automatizado para lo casero. ¿Por qué?

La pinza, con el índice y el pulgar sobre nuestras vulgares napias, parece ser el único elemento de lucha contra esta nuestra peste patria, democrática, monárquica, partidista, sindical… Y es que la localización del foco no es tan sencilla como la del foco de casa. Somos españoles, la mayoría; algunos decimos que demócratas, aunque demos por bueno pulpo como animal de compañía con tal de que siga el juego; hay monárquicos que fueron más bien juancarlistas y que ahora no saben, no contestan… (¿demasiada pestilencia?), también hay republicanos que todavía no respiramos (quizá no hayamos nacido); la pertinaz sequía de otros tiempos se instaló en las militancias de partidos y sindicatos, posiblemente por  problemas de narices.

Todavía, por la calle, se suele oir:

 – ¡Dicen que hay crisis! ¿Dónde está la crisis?

Seguramente quienes pronuncian esas palabras, todavía tienen un buen trabajo y tienen margen para poder decirlas. Quizá sus narices estén maltrechas, atascadísimas o sean imperfectas. Quizá les huela bien su universo. Quizá no lean la prensa:

Un millón de mayores de 50 años sin está empleo.”

Los españoles, cada vez menos optimistas sobre el futuro.”

La inmensa mayoría silenciosa, la que prefiere Mariano después de la absoluta, apretándonos cada vez con más fuerza esa pinza sobre nuestras propias narices, expectantes con caras de tonto, alimentando esa expresión con interrogante:

– ¡Crisis! ¿Qué crisis?

Quizá esperamos que la resuelvan los que la han provocado. Solo falta que nos tapemos la boca con la otra mano y muramos en la espera.

Diógenes o el colesterol

Algunas veces nos sorprende la noticia del anciano solitario que llevaba muchos años acumulando basura en su casa -toneladas de basura amontonada en todas y cada una de las habitaciones- y, generalmente, los mismos años de ausencia de relación con otros seres humanos. Pero la noticia se centra más en lo de la basura acumulada. Lo otro no es tan interesante, al menos en lo que se refiere a las imágenes que se pueden ofrecer.

Se nos informa y punto, pero no se nos forma -ya ni en los centros educativos- porque así, deformados, somos mucho más manejables para los intereses de los que pueden –los que tienen el poder de– decidir. Se nos mete por los ojos la basura de las personas que tienen el síndrome de Diógenes, pero jamás se nos enseña que esa basura es la soledad acumulada de una vida.

Si Diógenes levantara la cabeza… volvería a tratar de enseñar con el ejemplo de la austeridad, no con su imposición; y volvería a buscar, seguramente, con una lámpara encendida a pleno día, al hombre que debería ser y no es.

Los humanos tendemos a ser acaparadores y superficiales. Acumulamos muchas cosas que no sirven para nada y solemos fijarnos más en lo que se nos mete por los ojos que en lo que requiere un poco de esfuerzo. Nuestro propio cuerpo tiende a ir acumulando grasa en nuestras venas y somos tan insensatos que, en ocasiones, acumulamos hasta llegar al infarto y no hacemos nada para remediarlo hasta que ya es tarde.

El médico nos advierte, de la necesidad de poner coto al dichoso colesterol, cuando el análisis pertinente nos delata con el impertinente asterisco en su renglón:

– Usted debería hacer algo de ejercicio y tomar más fruta y verdura.

– No se preocupe usted que el próximo análisis lo mejoro, fijo.

La industria alimentaria, tan al servicio de la salud de la humanidad, te asegura que si te tomas todos los días su frasquito milagroso; la grasa desaparece en un pis-pas, y no menciona nada de lo del ejercicio y la verdura.

– ¡Guay, y sin euro por receta!

La industria farmacéutica, invita al médico a ofertar la comodidad de las estatinas, pero no suele indicar la necesidad de advertir de los riesgos potenciales que te van a llevar a consumir otros medicamentos para “solucionar” lo que te provoque el primer tratamiento.

– Y ahora, encima, con el euro por receta.

No se insiste suficientemente -porque no hay intereses en ello- en que, para poner fin a los peligros de las acumulaciones perjudiciales, solo hay un remedio eficaz: el cambio de actitud y de costumbres equivocadas y malsanas.

La sociedad actual, enferma de lo mismo que el individuo, acumuladora de despropósitos vergonzosos, como el de dejar el poder de decidir a los que acumulan dinero, no tiene la capacidad de cambiar su actitud ni sus costumbres y nunca podrá hacerlo si no es el individuo el que inicia ese cambio.

Todo lo que puede ocurrir es que, finalmente, pongan tu nombre de individuo a un síndrome que nada tiene que ver lo que hayas hecho en la vida.

– ¡Perdónanos Diógenes! De lo que no estoy seguro es de que nos perdone el colesterol.

Nada nuevo. Nada bueno

Feliciano se había acostado la noche anterior con el mismo propósito de los últimos días: levantarse temprano para salir a caminar, aprovechando el fresco de las mañanas de verano, y de esa manera comenzaría la difícil tarea de rebajar diez kilos su peso.

Había leído que la masa corporal de una persona normal tenía que ser inferior a 25 (índice que se obtiene dividiendo el peso entre el cuadrado de la altura) para escapar de todos los males habidos y por haber.

Su índice, calculado a ojo, sin pesarse ni medirse previamente, utilizando las medidas que él creía poseer en ese momento; era superior a esa cifra que hace frontera entre la normalidad y el riesgo de padecer un infarto, un cáncer o una grave enfermedad.

Se levantó a la seis, todavía estaba oscuro, orinó sentado para no hacer ruido y no utilizó la cisterna por lo mismo. Volvió a acostarse con el propósito de levantarse y salir a la calle en cuanto comenzara a clarear el día.

Cuando se despertó eran cerca de las nueve. Ya es tarde –pensó malhumorado-. ¡Ya es tarde! Ya es tarde. Se dio la vuelta en la cama y contempló la desnuda espalda de Pili.

¡Ay, Pili, cómo se pasa la vida! De pronto, sin haberte percatado del paso del tiempo, te das cuenta de que ya es tarde para cambiar. El índice de la masa corporal es lo de menos. ¡Al carajo la masa corporal! ¿Qué será de nuestros hijos si se quedan atrapados en esta insensata red de especulación? ¿Para qué habrá servido nuestro esfuerzo y el de ellos?

Cada día sin perspectivas de futuro. Y, en el horizonte, un futuro duro en el que los nuevos trabajadores, después del palo del paro, serán como kleenex (de usar y tirar). Será volver para atras los años que hemos vivido.

¡Qué suerte tuvimos! Pero la suerte ha cambiado, Pili. Nada nuevo nos espera. Nada bueno. ¡Pobres hijos! ¡Pobres nietos!