¡Crisis! ¿Qué crisis?

Cuando comienza a oler mal en nuestra casa, de una forma distinta a la acostumbrada, nuestras narices indagan, de manera autónoma, con leves y repetidas aspiraciones que llegan a conseguir movilizar al resto del cuerpo hasta dar con el foco del hedor. Detectado el nucleo del problema, si está en nuestra mano arregarlo, acometemos inmediatamente la operación limpieza o, si no tenemos las herramientas necesarias, llamamos a un profesional para que nos haga el trabajo. ¡Volvemos a vivir con los olores que nos gustan o, al menos, con los que solemos soportar!

Ya hace tiempo que huele mal en nuestra España, en nuestra democracia, en nuestra monarquía, en nuestros partidos, en nuestros sindicatos… y nuestras narices aguantan sin indagar. No se activa ese reflejo que tenemos automatizado para lo casero. ¿Por qué?

La pinza, con el índice y el pulgar sobre nuestras vulgares napias, parece ser el único elemento de lucha contra esta nuestra peste patria, democrática, monárquica, partidista, sindical… Y es que la localización del foco no es tan sencilla como la del foco de casa. Somos españoles, la mayoría; algunos decimos que demócratas, aunque demos por bueno pulpo como animal de compañía con tal de que siga el juego; hay monárquicos que fueron más bien juancarlistas y que ahora no saben, no contestan… (¿demasiada pestilencia?), también hay republicanos que todavía no respiramos (quizá no hayamos nacido); la pertinaz sequía de otros tiempos se instaló en las militancias de partidos y sindicatos, posiblemente por  problemas de narices.

Todavía, por la calle, se suele oir:

 – ¡Dicen que hay crisis! ¿Dónde está la crisis?

Seguramente quienes pronuncian esas palabras, todavía tienen un buen trabajo y tienen margen para poder decirlas. Quizá sus narices estén maltrechas, atascadísimas o sean imperfectas. Quizá les huela bien su universo. Quizá no lean la prensa:

Un millón de mayores de 50 años sin está empleo.”

Los españoles, cada vez menos optimistas sobre el futuro.”

La inmensa mayoría silenciosa, la que prefiere Mariano después de la absoluta, apretándonos cada vez con más fuerza esa pinza sobre nuestras propias narices, expectantes con caras de tonto, alimentando esa expresión con interrogante:

– ¡Crisis! ¿Qué crisis?

Quizá esperamos que la resuelvan los que la han provocado. Solo falta que nos tapemos la boca con la otra mano y muramos en la espera.

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Archivado bajo Filosofía, Política, real-ficción

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