Los otros humanos

Estos seres humanos ya no tienen derechos.

Se los han suprimido los que saben hacerlo.

Estos hombres y mujeres sin rostro son como polvo, no son nada (decía Goytisolo a Julia); sin nombre y sin edad son entregados a su mala suerte, de manera arbitraria y sin ningún juicio. Empujados a las olas horribles de un mar inmisericorde que no respetará lo que la frialdad de los números no quiso -o no la dejaron- respetar.

Son hombres y mujeres solos, abandonados por los que dicen que saben lo que hay que hacer, y tienen que dejarse zarandear por las aguas terribles de la indiferencia; todavía inconscientes de que el poder no sabe lo que dice saber porque no quiere lo que dice querer. Cansados de no tener aliento. Perdida la confianza, incluso en sí mismos, solo les queda la esperanza de que haya humanos en la orilla.

Cansados de ser una gota inútil en un océano amargo, absurdo y violento. Perdidos en las miradas de otros, que nunca llegan a sus ojos porque no las dejan llegar sus legítimos dueños (“Dueño de sí, dueño de nada” -dijo Manuel, el poeta de Málaga-); dueños con corbata o en trajes de plata, con perfumes de oro y corazón de lata.

La otra gente. Los que decimos ser. Los que aún no hemos sido expulsados de la orilla. Los otros. La dignidad de todos… ¿los recibiremos mirando a los ojos y haremos… un futuro compartido? ¡Humanos todos!

¿O dejaremos a “los que tienen el saber” que sigan haciendo “lo que tienen que hacer”? ¿O seguiremos echando los ojos al suelo… cuando no queramos ver lo que estamos viendo?

¡Hay tanto que hacer…!

…Y no lo estamos haciendo.

Dicen que soy héroe, yo débil, tímido, casi insignificante, si siendo como soy hice lo que hice, imagínense lo que pueden hacer todos ustedes juntos.”   (M. Gandhi)

Una de cal y otra de arena

Ya no cabe más

Ya no cabe más pena

en un mes de febrero.

Ya no vale palabra

contra tanto dinero.

La mirada perdida,

y perdido el anhelo

de una vida futura

con futuro más cierto.

Ya no queda esperanza

que devuelva el consuelo

a los hijos de España

que les roban el sueño.

Ya no sirve de nada

la mirada en el suelo,

la rodilla doblada

ni las quejas al viento.

Solo llega la gloria

a quien hace sendero:

la mirada, altiva;

la mano, al acecho.

¡Que se cumpla la ley!

¡Que se acabe este juego!

¡Que si el hoy es malo,

el mañana… es nuestro!

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El mundo lindero

Viajeros ingenuos de un viejo barco que ya no navega. Hablamos del mar y de las corrientes y de rumbos rumberos… Y hablamos del tiempo y hablamos de oídas y hablamos durmiendo. Y todo son quejas que se lleva el viento y lamentos que huyen con remordimiento y ayes que vuelan, desde sotavento, a un rincón perdido del mundo lindero; el que no habitamos porque no queremos.

Nos gusta lo nuestro. Que nos lo administren. Que nos den doscientos mejor que los cien… o mejor quinientos. Nos gusta la fiesta, el fútbol, los gritos, el cante y el juego. Nos gusta lo bueno, lo caro, lo fino, lo que no tenemos. ¡Y el barco en el puerto!

– ¿Y los tripulantes?

¡Yo que sé qué es eso!

– Los que gobiernan el barco. ¿No te suena al menos?

Sonar, si me suena, pero está en el puerto; el barco… te digo.

– ¿Y los tripulantes?

Mi, de tripulantes… Mi saber poquito, ¡Au! Y de hacer el indio, Mi saber muchito, ¡Au!

Con la ignorancia de estos pasajeros no hay barco que arribe al mundo lindero. No es que no podamos. ¡Es que no queremos!

Mis palabras

XV

Mis palabras

 

Si un solo sentimiento

pudieran expresarte

mis palabras,

a nada esperaría.

¡Mis palabras…

mis pobres palabras…!

Ellas no saben nada

de sentimientos.

Y sin embargo con ellas

tengo que decir: ¡te quiero!

¿Qué saben decirte ellas

de lo que siento?

¡No sigas mis palabras

porque no quiero…!

No quiero que las recojas

ni que las guardes

ni que escojas las mejores

para tenerlas delante.

¡Mis palabras…

mis pobres palabras…!

Ellas no saben nada

de sentimientos.

Y sin embargo con ellas

tengo que decir: ¡te quiero!

Y te quiero sí,

te quiero,

sí que te quiero;

pero no esperes mis palabras

porque mi amor es silencio.

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