Las crisis de los Salaberri (1)

La sala de espera estaba totalmente vacía, pero Daniel no se había percatado de ello hasta que se descubrió, frente a la máquina de café, sentado en el tercer asiento de una fila de cinco. Miró a su alrededor y se hizo más consciente de la plena soledad de aquel momento. La mirada al frente solo le ofrecía un muro desnudo y sucio, surcado de una maraña de cables, con múltiples destinos, delatadora del modelo de planificación de la sala de espera del hospital.

Los refugiados eran acogidos en las casas donde habían vivido su infancia. Eran sus propios padres, o sus abuelos, los que los recibían. Las fronteras que tenían que cruzar no eran físicas pero, lamentablemente, tan dolorosas de cruzar como aquellas.

Daniel se levantó automáticamente, como liberado por un resorte que lo hubiese tenido sujeto. Buscó el monedero en su bolsillo derecho y, apenas lo hubo sacado, volvió a guardarlo. Hizo un recorrido visual por los asientos vacíos y se dirigió, con pasos lentos pero decididos, hacia el extremo de la sala más alejado de la entrada, lejos de la máquina de café.

A la “angustiosa crisis económica” se superponían otras crisis personales y familiares que añadían más presión a la pesada carga que, desde hace unos años, supuso la pérdida del trabajo y, con ella, la pérdida de la ilusión por el futuro. No todo el mundo tiene la capacidad de sonreír, cuando el agua le llega al cuello, en pleno naufragio. Es fácil la resignación y el abandono hasta perderse en las profundidades de un abismo desconocido y hostil.

Los Salaberri nunca habían destacado en la sociedad, como la mayoría silenciosa que prefieren los malos gobernantes, pero habían contribuido sobradamente con su trabajo, como la mayor parte de la gente que solo aspira a vivir de su esfuerzo y a que los dejen en paz. Económicamente, en medio del XIX, consiguieron reunir algunas tierras que les permitieron, en primer lugar, comprar la salvación de un hijo, después de haber perdido a otro en Cuba, y, para finalizar, repartir el resto de las ganancias de sus esfuerzos de toda la vida para que sus hijos vivos pudieran continuar así, vivos, ganándose el pan con el sudor de sus frentes.

Tomó asiento de nuevo y cerró los ojos, manteniendo la tensión de los músculos, hasta dar la impresión de estar sufriendo un dolor insoportable que mudó inmediatamente, tras un profundo y larguísimo suspiro, en el rostro aliviado de un bañista que viniera de pasar un largo apuro desde las profundidades mal calculadas de una infinita inmersión.

– ¡Tiene cojones! –dijo Daniel, recién recuperado el resuello.

Desde finales de siglo XIX hasta los años cuarenta del XX todo fueron crisis, guerras y postguerras. Aquellas crisis las pagaron quienes siempre las pagan: los que son excluidos y se quedan sin nada y con ello tienen que intentar vivir. Aquellas crisis las manejaron los que siempre las manejan: los que tienen y quieren más, aunque millones de inocentes pierdan la nada que tienen.

No estaba seguro si había pronunciado aquellas palabras o solamente las había pensado. Miró hacia la entrada con disimulo y constató que continuaba siendo el único habitante de aquella fría y lúgubre estancia.

– ¡Tiene cojones! –susurró, apretando el puño y moviéndolo alternativamente de arriba abajo, como golpeando, con cada una de la dos palabras pronunciadas. Esta vez pronunciadas con toda seguridad. Sin lugar a dudas.

Los mapas del mundo cambiaron y se puso de nuevo nombre a la esperanza y se llamó democracia, pero solo era un nombre para manejar a las mayorías silenciosas, las que prefieren los malos gobernantes. Desgraciadamente esto ya es historia.

Volvió a cerrar los ojos de una manera mucho más suave, sin tensiones, los músculos del cuerpo como en esa nube imaginaria en donde deberías flotar cuando algún especialista te va indicando el camino de la relajación.

Algunos Salaberri tuvieron la suerte de no conocer la guerra directamente, solo de oídas. Cuando eran niños se oían continuas referencias al que murió en Cuba, al año de la hambre, a que más se perdió en la guerra, a que fusilaron unos y fusilaron otros… pero la inmersión en el desastre no se produjo en todos los que nacieron a partir de los años cuarenta.

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