La barrera del miedo

Hay barreras inconmensurables que, por su especial dimensión, no son visibles al ojo humano.

Poco a poco, se ha puesto medida a casi todo lo conocido, desde que el Hombre es hombre, y a cada superación de cada magnitud se le aplica, con satisfacción, el festejo típico de la vanidad propia de nuestro ser:

¡El hombre ha superado la barrera del sonido… bla, bla, bla… bla, bla, bla…!

¡Baumgartner, Baumgartner, Baumgartner…! El nombre del último paso del hombre para de la humanidad.

Pero… lo que realmente impresiona al hombre es el miedo.

 La barrera del miedo no es noticia ni lo será.

La eliminación de esta barrera no está en el programa de ninguna agencia internacional. Tampoco está en los programas electorales de ningún partido político del mundo. No interesa a esa parte de la humanidad que dirige al hombre. No interesa a ninguna religión, a ningún banco, a ninguna empresa, a ninguna ciencia…

Una barrera intrínseca al ser que no es detectada, sin embargo, por las más avanzadas técnicas de diagnóstico. Al fin y al cabo no se trata de una “realidad”, tampoco es “enfermedad”.

Si la OMS la considerara enfermedad, estaría aceptando la existencia de la mayor pandemia desde que existen los escritos. ¡Eso si que sería una crisis!

Los CIE, los DSM estarían plagados de indicaciones de como tratar los síntomas de tan extendida catástrofe y no existiría compañía farmacéutica capaz de suministrar la medicina a tantísima clientela.

 

Lo que beneficia más al poderoso, será ley:

– Lo mejor para el hombre es que no haya barrera.

 

Y a pesar de todo la barrera existe, como la Tierra giraba cuando a la humanidad dirigente no le salía rentable que girara.

 

¡La barrera existe!

 

Es un muro que no se puede saltar. Es un muro en el que no se puede escribir ningún desahogo individual o colectivo. Es un muro invisible para el ojo humano. Es un descubrimiento que la humanidad dirigente utiliza contra los dirigidos.

 

Pero este muro tiene un defecto para ellos: el miedo no discrimina y ataca a todo humano, sea cual sea su condición, y, cuando roza las alturas, es rechazado y desviado y provoca vergonzosos actos que ponen en evidencia a los que allí habitan: crisis, medidas para superarla, ajustes, recortes, rescates… para “socializar” las pérdidas y “privatizar” los beneficios. Es un alivio que se pueden dar, y se lo dan, quitando el pan a los que apenas tenían. 

¡Y lo más asombroso!: esa falta de pan hace perder el miedo.

Y ellos lo saben. Y sufren, pobres ricos dirigentes, porque la pérdida del miedo por los pobres humanos significa dejárselo todo -todo el miedo- a ellos, que no lo quieren y que no sabrían administrarlo.

Solo les va a quedar un peligroso camino: prohibir a los pobres que no tengan miedo.

Prohibirán que los señalen con el dedo y tomarán medidas contra los Juan sin miedo.

 

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