DESPOTISMO TIMOCRÁTICO

 La democracia basada en una mayoría silenciosa no es democracia, es otra cosa. Es urgente aclararlo, y poner en marcha las rectificaciones necesarias, para que la historia de España no sea el hazmerreír del mundo entero cuando, los que vivimos ahora, tengamos que entrar en ella por imperativo del tiempo.

 Aunque esa historia no sería solo la historia de España. Ahí están Grecia, Portugal, Italia, Irlanda, Francia, Alemania… con sus correspondientes mayorías silenciosas, con sus medidas para salvar el euro, con sus gobernantes adscritos al nuevo despotismo: el despotismo timocrático. Todo para el pueblo, pero no le digamos la verdad, que no sería capaz de soportarlo. Tomemos las decisiones nosotros, aunque les duela a ellos. Nosotros sabemos lo que hacemos. Ellos no. 

 La mayoría que quiere el gobernante que no se siente demócrata es la que no se manifiesta, la que está ahí apoyándole con su silencio. Cuando el gobernante está más cerca de ser, por sus acciones y sus omisiones, un déspota; no quiere gallitos en su corral, prefiere el rebaño.

 Sea cual sea el camino que haya recorrido hasta llegar a ocupar el puesto que ocupa, no quiere que los gobernados le hinchen las narices con tonterías. No admite quejas ni reclamaciones, porque quiere hacer creer que lo que hace es lo que hay que hacer, que no se puede hacer otra cosa con los materiales que tiene disponibles.

 Realmente, por el hecho de ser gobernante, cree que posee un don y no puede soportar ruidos que ahoguen su discurso y que mengüen su credibilidad. Él, entonces, las prefiere silenciosas -me refiero a las mayorías- y no lo puede ocultar, y aunque lo suyo no es la comunicación, aprovecha la menor ocasión para difundir sus preferencias ante las televisiones del mundo, que es como le gusta decir las cosas que le interesa proclamar a los cuatro vientos.

 Para que una mayoría sea considerada silenciosa debe dejarse llevar por la inercia del voto cuatrienal y permanecer en el limbo sin preocuparse de nada. Solo así, sostendrá el interesado gobernante, puede ser feliz él mismo y el individuo. Solo así, se le reconocerá efectivamente útil su voto. Solo así, dejando actuar a los que saben, todo será mejor para todos.

 El individuo no existe, para el déspota, fuera de su ubicación natural y, únicamente, dentro de esa masa uniforme será aplaudida su entrega. Ese dejarse llevar, anestesiado, por una pretendida seguridad -pobre iluso- de que nadie le expulsará jamás de su intocable paraíso, es la baza del déspota. Así, aislado, no es consciente de que su actitud le coloca en una posición de renuncia de su propio ser, en una irrealidad que le mantendrá ciego, no porque no pueda ver; que le dejará mudo, no porque no pueda hablar; que le hará sordo, no porque no pueda oír…

 Hasta que el déspota timocrático, que no dispone de libertad porque la liquidez manda, tiene que echar mano de lo que hasta entonces había sido intocable: la mayoría silenciosa; y aparece la exclusión, que siempre era para otros, y las contradicciones afloran y el ciego no tiene más remedio que mirar y ver lo que está ocurriendo y el sordo comienza a oír y el mudo revienta si no habla y el que era un santo, ahora es un nazi, porque el individuo se está dando cuenta de que las promesas eran engaños y la democracia… una quimera.