¡Ay, Marisa!

¡Ay, Marisa! -no hay prisa-

en sus manos el tiempo;

el presente perdido,

y el futuro herido.

.

A Marisa -¡qué risa!-

no le importa la brisa

ni el frío ni el calor;

solo quiere el control.

.

A Marisa -¡que horror!-

no le importa el dolor

que lleve otro pronombre

que no sea “yo”.

.

A Marisa -¡qué risa!-

lo que es su temor

es que digan de ella

todo aquello en que erró.

.

A Marisa -¡qué horror!-

no le gusta

que piensen

que no es la mejor.

.

A Marisa -¡qué risa!-

A Marisa -¡qué horror!-

no le salen las cuentas

que un mal día echó.

.

¡Ay, Marisa! -¡qué dolor!-

fraternal puñalada,

eres reina de nada.

¡Nunca muere el amor!

.

Que Marisa no es lisa,

y que tiene doblez;

cuando dice que es blanco

es que blanco no es.

Déjame que te diga

 

Déjame que te diga

qué es lo que quita

la luz a tus ojos

y calor a tu boca.

Cuando miras,

tus ojos perdidos

rehuyen miradas,

que buscan tu encuentro,

y no dicen nada

que pueda entenderse.

Cuando hablas,

de tu boca,

sin sentido,

salen solo exigencias,

palabras vacías

que no han visto nunca

la pura realidad.

Déjame que te diga

que tus ojos no ven,

lo que ocurre a tu lado.

Tu yo, no es saber.

Tu yo, no es justicia

Tu yo, no es amor.

Tu yo es poder

que usas

creyendo que eres

un ser superior.

Déjame que te diga

que el poder será “tu-yo”,

pero no es lo real.

Que hay otros pronombres,

sin miedo,

que no esperan

que les salves de nada.

Déjame que te diga

que no eres

lo que crees,

que no tienes razón.

Que nosotros vencemos

al poder de tu yo.

El kitsch de la cuestión

Es una palabra alemana que nació en medio del sentimental siglo diecinueve y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable

                                   Milan Kundera “La insoportable levedad del ser

La cuestión es que cualquiera es bueno para recurrir a su parcela de poder y tapar, cueste lo que cueste, lo que se le antoja inaceptable. No lo que es inaceptable, no. La objetividad es prescindible porque sí, porque lo decide el que puede, con criterio o sin él.

“Equis” tiene la costumbre de ver, únicamente, lo que quiere ver y oye solo lo que quiere oir. En cualquiera de los ámbitos que ostenta poder, no permitirá que nadie le señale, por evidente que sea, lo que no quiere ver; ni que le susurren, aunque sea con la mejor intención y sin intereses ocultos, lo que no quiere oir. En el mando de su mundo nadie tiene derecho a intervenir, porque cualquier tipo de intervención se podrá entender como el cuestionamiento de una perfecta gestión. Ni que decir tiene que, hacia los círculos superiores, “Equis” actuará siempre como se espera de él: nunca pondrá en peligro la autoridad del superior, aunque sea evidente su ineptitud o su falta de escrúpulos.

Este kitsch está presente en todos los tipos de organización. También en las democracias, por supuesto. Con él, nadie se atreve a señalar con el dedo para identificar lo que no es aceptable. Y si alguien osa señalar, inmediatamente será identificado, censurado, vigilado, señalado con el superior y despiadado dedo acusador, que servirá de advertencia a los demás; al resto de los potenciales señaladores de lo no aceptable; porque, para el poderoso, no son ellos los destinados a señalar la mierda. Ellos no saben nada de esas cuestiones ni de ninguna otra. Solo los que ostentan el poder tienen el privilegio de decirnos, o no decirnos, a los demás, lo que es y lo que no es mierda.

No obstante, todos sabemos más de lo que señalamos. Todos nos alegramos cuando alguien se atreve y señala la mierda que tanto ignoramos y que tanto nos molesta. Todos tenemos nuestras parcelitas de poder y no queremos que nadie nos muestre la nuestra, la que nos es esencialmente inaceptable. Por eso funciona el sistema. Este es el kitsch de la cuestión humana.

¡Reflexionemos!

Como individuos de una especie singular, tenemos que desempeñar diferentes papeles que, generalmente, llevan adheridos unos determinados modos de relación con otros individuos o con grupos de ellos.

Son estas relaciones las que debemos observar con atención, porque son ellas las que determinan el funcionamiento -sosegado o convulso, calibrado o errático- de la sociedad a la que pertenecemos.

Las relaciones de poder no existen, únicamente, en la política o en las alturas de las sociedades; se dan desde el preciso momento que dos individuos establecen una relación. Uno de ellos acepta un papel de “dirección” y el otro acepta un papel de “dirigido”. Existe un acuerdo, un consentimiento, de los papeles y la relación funciona.

Esta relación, humana, es una relación sana cuando los individuos la hacen convencidos y sin condiciones, cuando es móvil, reversible y esencialmente inestable. De lo contrario se torna en una relación de poder -dominador-dominado- intransigente, inmóvil, irreversible y estable, que hace perder la frescura y la libertad de los individuos.

Para que una relación se mantenga móvil cabe esperar que existan estrategias, y existen, que puedan modificar, por el mismo consenso inicial, los papeles aceptados en el inicio de la relación, que en un momento determinado ya no son asumidos por una de las partes.

El problema se materializa cuando una parte de la relación ya no consiente y la otra parte no acepta la nueva situación, se aferra a su acuerdo inicial; ignorando las características que le dieron validez y calidad de relación humana -sin condiciones, móvil, reversible y esencialmente inestable- y exigiendo el mantenimiento del “estado de dominación” que jamás se acordó -relación condicionada, inmóvil, irreversible y estable-. La mera petición de revisión será considerada un atentado a su posición “dominante”.

El bloqueo, por la imposición de una parte, de la reversibilidad de las relaciones es un grave problema humano que debemos resolver de una manera individual; porque cada individuo humano tiene suficiente capacidad para determinar su posición en cualquier relación y en cualquiera de los papeles que desempeña, y debería -aunque, lamentablemente, no siempre es el caso- ser capaz de promover y/o de aceptar los cambios de cualquiera de sus relaciones, así como establecer las nuevas, con la mayor naturalidad del mundo.

¡Reflexionemos sobre nuestras relaciones!

Reflexionemos en nuestros ámbitos más cercanos, en nuestra familia, en nuestros trabajos… y después comprenderemos mejor lo que pasa en las alturas y sabremos (?) cómo debemos actuar.