¡Reflexionemos!

Como individuos de una especie singular, tenemos que desempeñar diferentes papeles que, generalmente, llevan adheridos unos determinados modos de relación con otros individuos o con grupos de ellos.

Son estas relaciones las que debemos observar con atención, porque son ellas las que determinan el funcionamiento -sosegado o convulso, calibrado o errático- de la sociedad a la que pertenecemos.

Las relaciones de poder no existen, únicamente, en la política o en las alturas de las sociedades; se dan desde el preciso momento que dos individuos establecen una relación. Uno de ellos acepta un papel de “dirección” y el otro acepta un papel de “dirigido”. Existe un acuerdo, un consentimiento, de los papeles y la relación funciona.

Esta relación, humana, es una relación sana cuando los individuos la hacen convencidos y sin condiciones, cuando es móvil, reversible y esencialmente inestable. De lo contrario se torna en una relación de poder -dominador-dominado- intransigente, inmóvil, irreversible y estable, que hace perder la frescura y la libertad de los individuos.

Para que una relación se mantenga móvil cabe esperar que existan estrategias, y existen, que puedan modificar, por el mismo consenso inicial, los papeles aceptados en el inicio de la relación, que en un momento determinado ya no son asumidos por una de las partes.

El problema se materializa cuando una parte de la relación ya no consiente y la otra parte no acepta la nueva situación, se aferra a su acuerdo inicial; ignorando las características que le dieron validez y calidad de relación humana -sin condiciones, móvil, reversible y esencialmente inestable- y exigiendo el mantenimiento del “estado de dominación” que jamás se acordó -relación condicionada, inmóvil, irreversible y estable-. La mera petición de revisión será considerada un atentado a su posición “dominante”.

El bloqueo, por la imposición de una parte, de la reversibilidad de las relaciones es un grave problema humano que debemos resolver de una manera individual; porque cada individuo humano tiene suficiente capacidad para determinar su posición en cualquier relación y en cualquiera de los papeles que desempeña, y debería -aunque, lamentablemente, no siempre es el caso- ser capaz de promover y/o de aceptar los cambios de cualquiera de sus relaciones, así como establecer las nuevas, con la mayor naturalidad del mundo.

¡Reflexionemos sobre nuestras relaciones!

Reflexionemos en nuestros ámbitos más cercanos, en nuestra familia, en nuestros trabajos… y después comprenderemos mejor lo que pasa en las alturas y sabremos (?) cómo debemos actuar.

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