A los seres que nada tienen que decir: ¡No delegues en un ser inservible!

Vino en un claro, entre tormentas, y creyó que la palabra derecho era suya en exclusiva: derecho a juzgar sin criterio, a manipular, a estar por encima del bien y del mal, a decidir sin contar con los demás.

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Es un ser que alardea de lo que no es, que finge, que agota lo bueno que toca, que exige atenciones a cambio de nada: un ser sin sentido que cree que vuela y apenas se arrastra, que no piensa en nadie, que miente, que hiere, que causa dolor a quien más cerca tiene y les roba las noches y les rompe los sueños y los corazones, vacíos de esperanza por tantos dolores.

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Es un ser humano que desprecia al hermano, que cree saber lo que lleva entre manos, que ignora que hiere y que nada le importa. No se inmuta si ofende, si agravia, si humilla, si mata, si siembra desgracias… si rompe ilusiones.

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Es el ser inservible que no atrae a nadie, pero compra adhesiones y amarga las vidas y contamina el aire, y al final… los demás son los únicos culpables de sus propias maldades. Es un ser con derechos que nada debe a nadie. Es un ser que domina. Es un ser repugnante.

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Si te encuentras con él, no le dejes que intente atraparte, no le dejes que actúen sus infames patrañas, sus lamentos vacíos, sus promesas marcadas, sus infundadas razones para hacer lo hace y olvidar lo que dice. No le des nada tuyo. No le apoyes en nada. No delegues tu vida en un ser inservible que cree que vuela y apenas se arrastra.

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¡Abre los ojos, mira, piensa… y vive tu vida!

¡No delegues en un ser inservible!

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