Sara o Marisa

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Se levanta cada mañana con la sensación de cargar con algo pesado, muy pesado, tremendamente pesado. Mas no acierta a identificar de qué se trata. Sufre en la soledad de su rutina y pasa el día, con su pesada carga invisible, tratando de que nadie advierta su dolor y su desconcierto.

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Su nombre es Sara. Se siente sola. Vive con la sensación de no ser ella desde hace mucho tiempo. Es una sensación de vivir en un medio que no es lo suficientemente sólido, en un no vivir, como siendo arrastrada por una corriente invisible a una velocidad imposible de controlar. La corriente es tan fuerte que no se puede hacer otra cosa que dejarse llevar, procurando, a duras penas, evitar ser engullida por alguno de los numerosos monstruos que acechan, majestuosos e impávidos, a lo largo de la monótona e interminable cinta sin fin de su sufrimiento.

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Sara jura, todos los días, que si viviera otra vida no sería como la que está viviendo. En primer lugar, no se ataría a un hombre para sentirse ignorada y sola a las primeras de cambio. En segundo lugar, no tendría hijos para no ver el sufrimiento metido en sus cuerpecitos, para no sentir cómo ese sufrimiento crece y se multiplica conforme se les va metiendo, irremediablemente, por los poros, sin poder hacer nada, sin hallar ningún alivio, ningún remedio.

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Sara no es consciente de que ese río imaginario es el mismo río que arrastra a muchas otras personas que, como ella, se sienten irracionalmente perdidas, solas, sin fuerzas, sin ilusión… sin vida propia.

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Ella se siente superior a todos los seres con los que ha tenido algún contacto a lo largo de su vida. Nunca se dejó arrastrar por ninguna corriente ni pensó en otra vida como una forma de escapar de una realidad cruel y amenazadora.

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Su nombre es Marisa. Cuando era una niña, hacía sonreir a los mayores con sus afirmaciones, tajantes y llenas de convicción y seguridad. Afirmaciones como ésta:

– “Yo tengo dos nombres: Mar para las mañanas e Isa para las noches.”

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Marisa odió siempre, convencida y segura, todo lo que no era Marisa. Siempre actuó pensando en Marisa. Castigó, con su desprecio, a todos los que no pensaban como ella, a todos los que no sentían como ella, a todos los que no opinaban como ella, a todos los que, estando en su radio de acción, no caían rendidos a sus pies.

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Marisa se acuesta habiéndose asegurado de que todos, absolutamente todos, han recibido el mensaje de su superioridad, de su fuerza, de su valor. Y se acuesta sola… con la sensación de que su nombre no es ni Isa ni Mar ni Marisa, y sintiendo que vive sin apoyo de nadie, como arrastrada por una corriente que solo puede controlar si la niega. Y la noche la arrastra hasta un río imaginario que la lleva… perdida, sola, sin fuerzas, sin ilusión… sin vida propia.

Por no se sabe qué extraña razón, le cuesta dormir y pasa las noches pensando que le gustaría más llamarse Sara.

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Dolor… es pasado. Ahora… estoy viviendo

DOLOR… ES PASADO

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Se proclamó exclusiva defensora

de una verdad forzada

y puso en el presente

un pasado inerte,

repleto de culpables

de su suerte.

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Encerrada

en su cerrada vida,

eligió apagar la escasa luz que había

y confirmó el dolor, que ya existía,

de no sentirse, en sociedad, amada.

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Mas

nadie era culpable del dolor

-solo si te lo traes al presente-,

porque el dolor pasado

no puede ser dolor eternamente.

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AHORA… ESTOY VIVIENDO

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Yo vivo mi rabia y acepto vivir sintiendo

que soy como soy…

y que nadie es culpable del dolor…

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Puedo alejarme la tristeza antigua.

Puedo ver mi miedo, desmedido,

y dominarlo.

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Puedo sentir que todo aquel dolor

ya se ha ido,

y que soy,

y que quiero vivir…

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Estoy viviendo,

ahora…

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¡Estoy viviendo!

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¡Camina!

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Nuestros miedos,

tu soledad y mi soledad,

son su fuerza.

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Es lo que impide que tú crezcas.

Es lo que te hace débil

ante tu propio espejo.

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Su fuerza

es nuestra fuerza encadenada

a otras fuerzas sin sentido,

maniatadas,

entregadas…

a cambio de nada

-una promesa-.

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Y siempre te dan la espalda

y has de verte exigiendo

a gritos, en mar de gritos,

la parte de aquel futuro

que te vendieron -humo-,

a cambio de una promesa -nada-.

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Tu vida

no puedes vivirla

con las promesas de otros.

Escupe tu rabia,

camina,

siente…

y no dejes que cambien nada

a cambio de tu presente.

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Camina

y vive…

No ignores más tus pasos

ni los pasos de otros,

como tú,

en el camino…

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¡No estamos solos!.

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Ignora

a los que lucen la promesa

y la olvidan,

y hacen que sientas…

que no eres,

que no sabes,

que no puedes…

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¡Camina!

¡Que sí puedes!

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¡Camina!

¡Que sí sabes!

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¡Camina!

¡Que sí eres!

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¡Basta!

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De parte de lo humano

estaba

-eso decía su discurso-

hasta que

aupado por la ingenuidad, que ahora azota,

elevó

su posición y su figura

hasta perderse,

enajenado,

entre tanto tentáculo

de efímeras fragancias prodigiosas.

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Sonríe, socarrón, y asegura

que sabe…

lo que no sabe.

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¡Miente!

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Miente y se le nota la mentira

entre sus repugnantes babas,

en los nistágmicos ojos que

no encuentran sosiego

por querer esquivar tantas miradas,

de tanto ingenuo disuelto,

ahora,

en desencanto.

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Lo que se elevó,

fruto de la ingenuidad y de un discurso huero,

habrá de dar de bruces en el suelo.

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¡Será lo justo!

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¡Habrá que prepararse para el duelo!

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Será el momento en que digamos basta

y optemos por confiar…

por asumir el reto

de ser

nosotros mismos,

más sensatos,

más dueños de lo nuestro,

más humanos…

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¡Basta!

¡Basta!

¡Basta!

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¡No dejemos en sus manos la esperanza!

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