Decir NO

 

Cuando el Poder, que en Democracia debería residir en el Pueblo, reside en otro lugar; tendríamos que recelar de los dos: del Poder y de la Democracia. Y, llegado el momento, tenemos que estar dispuestos a decir NO.

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Estamos en que, empleándose a fondo, el Poder sería capaz de hacer “magia”: podría hacer aparecer y desaparecer lo que se le antojara en cualquier momento; pero la capacidad para que todos nos quedemos embobados, con la boca abierta y aplaudiendo como niños ante prodigios increíbles, no podemos concedérsela.

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Si, por arte de “magia”, desaparece una Democracia y surgen silbidos, gritos y protestas; los que administran el Poder recurren a la consabida autoproclama de que están salvando a la patria -no hay Pueblo que valga- y que lo que vale, para ellos, es la mayoría silenciosa; la que no silba ni grita ni protesta -ya da lo mismo que tampoco aplauda-, la que interesa a esa patria irreal necesitada -aseguran-  de salvación.

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Hay momentos en los que un NO es imprescindible, necesario, justo. Tendría que ser un NO a tiempo, un NO generalizado, un NO acompañado de millones de manos dispuestas a parar lo que no es justo, lo que es abusivo, lo que es el capricho insensato de un grupo con pretensiones salvadoras… de lo suyo -un Poder que no les pertenece-, nunca de la mayoría que otorga -porque calla- y, mucho menos, de los pocos que gritan y protestan.

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Las crisis, que ha ido provocando el Capital, siempre han sido para mayor beneficio de los que ya tenían demasiado y, siempre, han perdido los mismos: los que tenían menos que perder. Es que, para el Capital, lo que siempre ha importado es tener, tener más, tener mucho más… y si había que sacrificar peones: ¡se sacrifican y basta! ¡Para eso se tiene el poder!

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A esta filosofía, lamentablemente, nos hemos ido apuntando los peones y, sálvese el que pueda, nos hemos ido aferrando a nuestra miserable cuota de poder -que ya con un trabajillo de mileurista era suficiente para sentirse poderoso- y… a por el cochecillo, a por el pisillo, a por la segunda vivienda, a por el segundo coche… a comerse el mundo, a hacer “magia”…

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Un NO a tiempo, en determinadas circunstancias de un hombre, de muchos hombres (mujeres y hombres) en la historia de la humanidad, nos uniría y, sin duda, nos haría mejores.

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Nunca es tarde, pero… ¿estamos a tiempo?

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2 comentarios sobre “Decir NO

  1. Si estamos a tiempo, pero tendríamos que ir cambiando de mentalidad, mirar más a los demás, sentirse más pueblo y menos mago.

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