Pobres ciegos ricos

 

Cuando uno no quiere ver; no mira, o dirige los ojos hacia otro lado; así trata de evitar una explicación, intima y congruente, sobre los motivos por los cuales no quiere poner la atención en lo que, sin duda, debe de tenerla. Esa forma de autoengaño es muy posible que tenga un nombre y, seguramente, unas demostradas consecuencias que terminarán en un serio perjuicio personal que se desencadenará en algún momento de la vida.

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Hoy todos los comportamientos humanos tienen su etiqueta, para propiciar su diagnóstico, y su receta, para tratar de disminuir sus funestas consecuencias individuales. Es la aplicación, a rajatabla, de lo que se suele decir cuando se quieren delimitar estrictamente las responsabilidades individuales; aquello de… «¡Que cada palo aguante su vela!»

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Cuando la inmensa mayoría no mira, porque no quiere ver, lo que está sucediendo a su alrededor; porque no le afecta demasiado… todavía: todavía tiene trabajo, todavía tiene un techo donde vivir, todavía tiene derecho a la atención sanitaria, todavía dispone de acceso a una educación de calidad, todavía come varias veces al día…

Cuando la inmensa mayoría -digo- no ve lo que hay delante de sus ojos, porque mira hacia otro lado o porque, directamente, cierra esos ojos para no confirmar lo que sabe que va a ver y que no resulta agradable; está contribuyendo a hacer más grande el problema de los que ya no tienen trabajo ni techo ni derecho. Está ignorando, a sabiendas, una situación que hoy no es su problema pero que no hay certeza de cuando le puede llegar a afectar.

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Este es el mal de esta sociedad. Una sociedad hipócrita que ha puesto toda su energía en tener -ser rico-, que se niega a ver más allá de sus intereses a muy corto plazo. Una sociedad que se niega a sí misma, se niega a ser, y acabará ignorando, uno a uno, a todos sus pobres ciegos ricos.

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