Animal político (1)

El ser humano, como animal, es único: Socialmente es capaz de lo mejor, pero también es capaz de lo peor. Podría darlo todo por otro ser humano y podría hacerle la vida imposible. Existen infinidad de variables que pueden inclinar la balanza hacia un lado o hacia otro, pero todas ellas, en último término, pueden ser elegidas de manera individual.

Políticamente, como exclusiva práctica humana, ocurre algo parecido (el humano es capaz de lo mejor y de lo peor), pero tiene su peculiaridad: la elección individual está drásticamente limitada a través de un sistema y, quizá por esa limitación, la elección que se produce es, con demasiada frecuencia, la de no participar.

El sistema político, el que impera en la actualidad en la mayor parte del mundo, nos invita constantemente a delegar, a dejarse llevar, a permitir que sean otros los que nos entreguen en bandeja un prometido futuro indudablemente mejor que el presente. Y todo ello con una sola condición: que dejemos hacer a los que se postulan, que no les importunemos una vez que hemos aceptado su oferta maravillosa y que, en el caso de que no estemos satisfechos con lo que hacen -o con lo que no hacen-, esperemos pacientemente a la siguiente invitación a delegar.

A esta manera de vivir políticamente, es decir, en relación; la hemos denominado democracia. A veces con mayúscula: Democracia. Y en solemnidades… todo en mayúsculas: DEMOCRACIA.

No es bueno que nuestra elección sea no participar en las relaciones entre humanos. No es bueno que dejemos que otros nos digan si la democracia que nos otorgan es simple o toda en mayúsculas. No es bueno que entreguemos nuestra voluntad para que otros hagan o deshagan sin ningún tipo de control.