Para vivir la vida

Para vivir la vida
solo hay que evitar
ser abatido
o conducirse,
sin sentido,
hacia destinos
que marcan otros
para cumplir objetivos.

No está la vida
para andar mirándose
el ombligo
ni para andar llorando
por cualquier motivo.

Estamos porque estamos,
porque nos han parido,
y ya que estamos; somos,
nos hayan o no querido.

No es bueno dejarse llevar
por la corriente
ni querer ser ejemplo
de cordura ante la gente.

No es bueno lamentar
haber nacido
ni llegar al final
sin haber vivido.

Mirar la cicatriz
no es un camino.
Pensar y no actuar
no lleva
a ningún destino.

Un paso y otro paso,
junto a otros
con sus pasos,
es suficiente
para afirmar
que estamos vivos.

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El juego más tonto del mundo

Hace algunos días leí una entrada que me gustó especialmente. Lejos de su natal Puerto Rico, Melba Gómez (melbag123) gestiona entre los recuerdos de su infancia la necesaria paz de cada día.

Me gustó tanto esa mirada atrás, que me propuse hacer algo parecido.
Este es mi primer intento, limitado, y extrapolado -porque no he podido evitarlo- a lo que ahora nos está tocando vivir en esta España.

Mi infancia transcurrió  en aquellos tiempos en los que no había tele, o, si la había, no había entrado en la mayoría de las casas; apenas circulaban coches, porque aún no estaban al alcance de los que, a duras penas, tenían para satisfacer sus necesidades básicas; la electricidad era solo para alumbrarse, porque apenas había electrodomésticos que enchufar; funcionaba la radio para recibir “el parte” único, la novela de la tarde para las mujeres, el fútbol de los domingos para los hombres y poco más para repartir entre todos. La democracia hacía años que se había perdido y andaba lejos, escondida, perseguida…

Con estas condiciones, la niñez era de mucha calle, de mucho juego colectivo, de juegos de temporada, de juegos de ejercicio diversificado físico y mental.

No sé si recuerdo los nombres con exactitud. Tampoco sé si esos nombres eran los mismos en todos los lugares. Recuerdo algunos: el escondite, el pañuelo, el pincho, el trompo, las bolas, el aro, los chinos, el pilla-pilla; con sus variantes: el corta-hilo, el marro, el gavilán… y también estaban los que no requerían desgaste físico ni habilidades específicas ni material alguno: aquí me pierdo con los nombres, pero me viene a la memoria una escena de uno de ellos: “el juego más tonto del mundo”, como más de un mayor y algún infante lo definieron entonces. En él íbamos declarando qué queríamos ser de mayor y para qué.

Tal vez por la falta de perspectiva, por la ignorancia de aquellos años cincuenta y sesenta; el juego más tonto del mundo, nos llevaba a ir picando alto para resultar “vencedores”:

– Yo quiero ser… practicante, para ver muchos culos.
– Yo seré médico, para ver mucho más.
– Yo… capitán, para mandar y mandar.
– Yo voy a ser Franco y mandaré en ti, capitán.
– Yo tendré que ser cura y tú en mí no mandarás.
– ¡Ay que no! Ya seré Papa. ¿A ver qué va a pasar?
– Nada, nada, muchacho. Yo seré Dios… ¡Ya está!

Ahora, en estos tiempos que vivimos. Hace unos meses, o unos años, (hay que ver cómo pasa el tiempo) en las paredes de los edificios de muchas calles de mi ciudad, y supongo que de casi todas, se podían leer pintadas que, como si se tratara de una variante del dichoso juego, al cabo de unos días eran corregidas inexorablemente:

¡PODEMOS!
VOTA
PODEMOS

Después de las correcciones, ésta concretamente, quedó así:

¡POTEMOS!
POTA
POTEMOS

Pero… es que entre los “líderes políticos” de esta democrática España, me da la impresión de que se sigue jugando al juego más tonto del mundo:

– Yo quiero ser… demócrata, para ver muchos votos.
– Yo seré republicano, para ver mucho más.
– Yo… presidente, para mandar y mandar.
– Yo voy a ser rey y mandaré en ti, presidente.
– Yo tendré que ser fiscal y tú en mí no mandarás.
– ¡Ay que no! Yo seré juez. ¿A ver que va a pasar?
– Nada, nada, muchacho. Yo seré como dios… ¡Ya está!

Señorías y demás políticos: no estamos para juegos.
Gánense sus privilegiados sueldos haciendo política. Permitan que esta raquítica democracia crezca entre el pueblo que decís representar. Dejen que camine a diario por las calles para que no se exprese solo en pintadas insulsas o en esporádicos votos interesados. Ábranle las puertas de los colegios para que juegue y crezca con los que han de protegerla en el futuro. Denle valor al ser humano y recorten, ahí sí, recorten… recorten el desmesurado valor que le otorgáis a vuestro tener.

Los días que nos llegan

Los días que nos llegan son días parecidos, muy iguales, muy poco cómodos para ser vividos. Llegan con abundancia de lo innecesario y con escasez de lo principal. Llegan con presión desbocada, con demasiada velocidad, con incertidumbres desbordantes y con ningunas ganas de permitir un respiro para poner atención a lo que de verdad importa, a lo principal, a lo necesario.

En esta vorágine es claro que lo que más se valora es la posesión de, precisamente, lo que se nos presenta, minuto a minuto, como importante; aunque no sirva, en realidad, para que podamos vivir mejor nuestros días: somos conducidos hacia necesidades que no son tales; se nos invita a tener, cada vez más y con todas las facilidades, cueste lo que cueste; se nos quiere activos dentro de un orden: sin posibilidad de pasarse de lo que marca lo establecido para los días que nos van llegando, sin pasarse de lo que espera “no-se-sabe-quien” (ley, dios, mercado, patria, globalización…).

Y… ¿qué hay de lo principal?

¿Estamos dispuestos a preguntarnos, en serio, que es lo principal en nuestros días? ¿Si fuera así, si estuviéramos dispuestos, tenemos capacidad suficiente para no caer en falso testimonio al responder la pregunta?

Quizá muy pronto -nuestros hijos, nuestros nietos, nuestros biznietos…- no necesiten siquiera hacerse esta clase de preguntas. Quizá, cuando se enfrenten a sus días, no haya suficiente aire fresco para todos. Y quizá la actual invitación permanente a tener más y mejor tenga que ser relevada por otra.

Quizá, antes de lo que esperamos, no haya necesidad de hacer desplazamientos de unas tierras hostiles y estériles hacia otras con mejores posibilidades; porque todas las tierras del planeta se hayan vuelto estériles y hostiles. Y quizá la invitación  a tener más y mejor se tenga que transformar: invitación permanente para potenciar las capacidades para ser humanos.

¿Tendremos que esperar a ese extremo?

Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

Animal político (2)

Decía, entre otras cosas, que no es bueno que nuestra elección sea no participar…

Porque no es bueno que otro cubra nuestras responsabilidades, que otro venza nuestros miedos, que otro luche en favor de nuestras ideas; mientras nosotros permanecemos impasibles espectadores de lo que acontece a nuestro alrededor.

¿Qué exigiremos al otro que no podamos abordar nosotros mismos?

La exigencia ha de ser, preferentemente, con uno mismo: personalísima. Solo así seremos vencedores de nuestros miedos, luchadores por nuestras ideas, responsables de nuestras acciones y de nuestras omisiones.

¡Qué fácil es dejarse llevar por los que nos ofrecen hacerse cargo de todo lo que tendríamos que afrontar con nuestras manos, con nuestra inteligencia, con nuestra voluntad!

Las auténticas luchas las libramos en nuestro interior. Solo así conseguiremos ser (humanos libres con capacidades -empatía y sentido común-), que tiene muy poco que ver con tener (éxito económico, social o político; pero con incapacidad de mirar a los ojos del otro, precisamente, porque se nos antoja diferente, débil o despreciable).

El sistema político invita constantemente a dejarse llevar, a delegar, a tener; pero así nunca podrá entregar lo que promete porque, en su configuración actual, suele mantener en el olvido las capacidades que humanizan al ser humano; las que le hacer ser. Está más pendiente de ejercer la dominación que de ser útil a la mayoría.

El sistema “democrático” tiene que evolucionar y solo lo hará con la participación de todos los que, haciendo uso de su libertad, deciden ser sin que antes les hayan cortado las alas con toda la intención del despotismo vigente.

El sistema democrático tiene que llegar a ser un sistema justo, digno, sin argumentos falaces para dejar al margen del mismo a una parte importante de individuos.

Afortunadamente existen medios técnicos que lo hacen posible.

Desafortunadamente existen intereses que, por ahora, no lo van a permitir.
Esto es lo que hay. Pero lo que tenga que ser; llegará por la convicción y la participación de una gran mayoría responsable y participativa, sin manipulaciones, sin violencia, sin imposiciones, sin prisas…