Los días que nos llegan

Los días que nos llegan son días parecidos, muy iguales, muy poco cómodos para ser vividos. Llegan con abundancia de lo innecesario y con escasez de lo principal. Llegan con presión desbocada, con demasiada velocidad, con incertidumbres desbordantes y con ningunas ganas de permitir un respiro para poner atención a lo que de verdad importa, a lo principal, a lo necesario.

En esta vorágine es claro que lo que más se valora es la posesión de, precisamente, lo que se nos presenta, minuto a minuto, como importante; aunque no sirva, en realidad, para que podamos vivir mejor nuestros días: somos conducidos hacia necesidades que no son tales; se nos invita a tener, cada vez más y con todas las facilidades, cueste lo que cueste; se nos quiere activos dentro de un orden: sin posibilidad de pasarse de lo que marca lo establecido para los días que nos van llegando, sin pasarse de lo que espera “no-se-sabe-quien” (ley, dios, mercado, patria, globalización…).

Y… ¿qué hay de lo principal?

¿Estamos dispuestos a preguntarnos, en serio, que es lo principal en nuestros días? ¿Si fuera así, si estuviéramos dispuestos, tenemos capacidad suficiente para no caer en falso testimonio al responder la pregunta?

Quizá muy pronto -nuestros hijos, nuestros nietos, nuestros biznietos…- no necesiten siquiera hacerse esta clase de preguntas. Quizá, cuando se enfrenten a sus días, no haya suficiente aire fresco para todos. Y quizá la actual invitación permanente a tener más y mejor tenga que ser relevada por otra.

Quizá, antes de lo que esperamos, no haya necesidad de hacer desplazamientos de unas tierras hostiles y estériles hacia otras con mejores posibilidades; porque todas las tierras del planeta se hayan vuelto estériles y hostiles. Y quizá la invitación  a tener más y mejor se tenga que transformar: invitación permanente para potenciar las capacidades para ser humanos.

¿Tendremos que esperar a ese extremo?

Tic, tac, tic, tac, tic, tac…