El juego más tonto del mundo

Hace algunos días leí una entrada que me gustó especialmente. Lejos de su natal Puerto Rico, Melba Gómez (melbag123) gestiona entre los recuerdos de su infancia la necesaria paz de cada día.

Me gustó tanto esa mirada atrás, que me propuse hacer algo parecido.
Este es mi primer intento, limitado, y extrapolado -porque no he podido evitarlo- a lo que ahora nos está tocando vivir en esta España.

Mi infancia transcurrió  en aquellos tiempos en los que no había tele, o, si la había, no había entrado en la mayoría de las casas; apenas circulaban coches, porque aún no estaban al alcance de los que, a duras penas, tenían para satisfacer sus necesidades básicas; la electricidad era solo para alumbrarse, porque apenas había electrodomésticos que enchufar; funcionaba la radio para recibir “el parte” único, la novela de la tarde para las mujeres, el fútbol de los domingos para los hombres y poco más para repartir entre todos. La democracia hacía años que se había perdido y andaba lejos, escondida, perseguida…

Con estas condiciones, la niñez era de mucha calle, de mucho juego colectivo, de juegos de temporada, de juegos de ejercicio diversificado físico y mental.

No sé si recuerdo los nombres con exactitud. Tampoco sé si esos nombres eran los mismos en todos los lugares. Recuerdo algunos: el escondite, el pañuelo, el pincho, el trompo, las bolas, el aro, los chinos, el pilla-pilla; con sus variantes: el corta-hilo, el marro, el gavilán… y también estaban los que no requerían desgaste físico ni habilidades específicas ni material alguno: aquí me pierdo con los nombres, pero me viene a la memoria una escena de uno de ellos: “el juego más tonto del mundo”, como más de un mayor y algún infante lo definieron entonces. En él íbamos declarando qué queríamos ser de mayor y para qué.

Tal vez por la falta de perspectiva, por la ignorancia de aquellos años cincuenta y sesenta; el juego más tonto del mundo, nos llevaba a ir picando alto para resultar “vencedores”:

– Yo quiero ser… practicante, para ver muchos culos.
– Yo seré médico, para ver mucho más.
– Yo… capitán, para mandar y mandar.
– Yo voy a ser Franco y mandaré en ti, capitán.
– Yo tendré que ser cura y tú en mí no mandarás.
– ¡Ay que no! Ya seré Papa. ¿A ver qué va a pasar?
– Nada, nada, muchacho. Yo seré Dios… ¡Ya está!

Ahora, en estos tiempos que vivimos. Hace unos meses, o unos años, (hay que ver cómo pasa el tiempo) en las paredes de los edificios de muchas calles de mi ciudad, y supongo que de casi todas, se podían leer pintadas que, como si se tratara de una variante del dichoso juego, al cabo de unos días eran corregidas inexorablemente:

¡PODEMOS!
VOTA
PODEMOS

Después de las correcciones, ésta concretamente, quedó así:

¡POTEMOS!
POTA
POTEMOS

Pero… es que entre los “líderes políticos” de esta democrática España, me da la impresión de que se sigue jugando al juego más tonto del mundo:

– Yo quiero ser… demócrata, para ver muchos votos.
– Yo seré republicano, para ver mucho más.
– Yo… presidente, para mandar y mandar.
– Yo voy a ser rey y mandaré en ti, presidente.
– Yo tendré que ser fiscal y tú en mí no mandarás.
– ¡Ay que no! Yo seré juez. ¿A ver que va a pasar?
– Nada, nada, muchacho. Yo seré como dios… ¡Ya está!

Señorías y demás políticos: no estamos para juegos.
Gánense sus privilegiados sueldos haciendo política. Permitan que esta raquítica democracia crezca entre el pueblo que decís representar. Dejen que camine a diario por las calles para que no se exprese solo en pintadas insulsas o en esporádicos votos interesados. Ábranle las puertas de los colegios para que juegue y crezca con los que han de protegerla en el futuro. Denle valor al ser humano y recorten, ahí sí, recorten… recorten el desmesurado valor que le otorgáis a vuestro tener.