1. Camino inexistente

No habría nada como liarse la manta a la cabeza y decidirse, pasara lo que pasara, a emprender un camino inexistente en la realidad cotidiana. Podría tratarse desde un camino jamás pensado, emprendido a la aventura, hasta un camino tantas veces imaginado que pudiera parecernos tan real como el más real de todos los caminos, pero que vamos aplazando y aplazando y aplazando…

Lo de inexistente suele venir explicado por “falta de cojones”; que es lo que, sin tapujos ni zarandajas, se ha venido denominando, de toda la vida, a la falta de determinación para afrontar algo que habría que haber abordado hace tiempo y que ya, en este momento, habría que hacer sin más demora.

Ya sé que cualquier análisis, por superficial que se hiciera, no soportaría la contundencia de dichas palabras; las cosas como son. Un análisis más profundo nos llevaría, quizás, a que la contundencia es, además de malsonante, de una parcialidad extrema e incorrecta políticamente; pero os aseguro que se trata, únicamente, de traer aquí una expresión popular ampliamente utilizada para señalar lo ya indicado, es decir, el aplazamiento de algo que ya se tenía que haber hecho.

No quisiera entrar en “asuntos de política” como elefante en una cacharreía ni, mucho menos, mencionar la palabra constitución -no sé si tendría que haberla escrito con mayúscula, es una duda que me suele ocurrir con ciertas palabras- pero con esta en concreto, al menos en España, podemos hacernos una idea de lo que es un camino inexistente.

Sí, queridos seres humanos, la “falta de cojones” parece ser que ha hecho mucho daño a la historia, sobre todo a aquella que pudo haber sido y nunca fue. Me estoy refiriendo, por supuesto, a nuestra historia, a la historia del ser humano.

También está ahí la historia de cada uno, y ahí no me meto yo; lo que le falte o le sobre a cada individuo es cosa suya y de nadie más. Eso sí, la historia del ser humano, la general, no sería nada sin las historias individuales, sobradas, justas o faltas de contundencia.

Antes de continuar tengo que advertir a las diferentes sensibilidades que puedan, libremente, adentrarse a través de estos surcos de palabras, que hoy comienzo a labrar por un camino inexistente, que son solo eso: palabras. Palabras que se vienen utilizado a través de los siglos para expresarse, que unas veces han salido victoriosas en ese empeño y, otras veces, para qué engañarse, han salido… -iba a decir que derrotadas-, pero no, mucho peor aún; ni siquiera han salido: se quedaron en la nada, como tantas y tantas naderías humanas.

No voy a seguir insistiendo en el porqué de las cosas que no pasan, o, en el mejor de los casos, en aquellas que, incomprensiblemente, se retrasan; pero déjenme que les asegure que existen, sí, que abundan, diría yo, y que abundan más de lo que cualquiera pudiera imaginar. Me atrevería a decir que lo que realmente ocurre, lo que finalmente ve la luz, se trata de lo que podríamos denominar la punta del iceberg de lo imaginado.

¡Somos así!

¿Qué se le va a hacer?