A los seres que nada tienen que decir: ¡No delegues en un ser inservible!

Vino en un claro, entre tormentas, y creyó que la palabra derecho era suya en exclusiva: derecho a juzgar sin criterio, a manipular, a estar por encima del bien y del mal, a decidir sin contar con los demás.

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Es un ser que alardea de lo que no es, que finge, que agota lo bueno que toca, que exige atenciones a cambio de nada: un ser sin sentido que cree que vuela y apenas se arrastra, que no piensa en nadie, que miente, que hiere, que causa dolor a quien más cerca tiene y les roba las noches y les rompe los sueños y los corazones, vacíos de esperanza por tantos dolores.

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Es un ser humano que desprecia al hermano, que cree saber lo que lleva entre manos, que ignora que hiere y que nada le importa. No se inmuta si ofende, si agravia, si humilla, si mata, si siembra desgracias… si rompe ilusiones.

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Es el ser inservible que no atrae a nadie, pero compra adhesiones y amarga las vidas y contamina el aire, y al final… los demás son los únicos culpables de sus propias maldades. Es un ser con derechos que nada debe a nadie. Es un ser que domina. Es un ser repugnante.

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Si te encuentras con él, no le dejes que intente atraparte, no le dejes que actúen sus infames patrañas, sus lamentos vacíos, sus promesas marcadas, sus infundadas razones para hacer lo hace y olvidar lo que dice. No le des nada tuyo. No le apoyes en nada. No delegues tu vida en un ser inservible que cree que vuela y apenas se arrastra.

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¡Abre los ojos, mira, piensa… y vive tu vida!

¡No delegues en un ser inservible!

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¡Ay, Marisa!

¡Ay, Marisa! -no hay prisa-

en sus manos el tiempo;

el presente perdido,

y el futuro herido.

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A Marisa -¡qué risa!-

no le importa la brisa

ni el frío ni el calor;

solo quiere el control.

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A Marisa -¡que horror!-

no le importa el dolor

que lleve otro pronombre

que no sea «yo».

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A Marisa -¡qué risa!-

lo que es su temor

es que digan de ella

todo aquello en que erró.

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A Marisa -¡qué horror!-

no le gusta

que piensen

que no es la mejor.

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A Marisa -¡qué risa!-

A Marisa -¡qué horror!-

no le salen las cuentas

que un mal día echó.

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¡Ay, Marisa! -¡qué dolor!-

fraternal puñalada,

eres reina de nada.

¡Nunca muere el amor!

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Que Marisa no es lisa,

y que tiene doblez;

cuando dice que es blanco

es que blanco no es.

Ser y poder

¿Qué pensamos de un ser que no es?

La pregunta es vieja y nada original. Quizá el matiz de lo plural, por si alguien se anima a la reflexión y al intercambio, le dé un ligero toque novedoso.

Los humanos nos habituamos a vivir sin la consciencia suficiente de que vivimos, de para qué vivimos, de por qué vivimos. En ese modo de ocupar un lugar en el mundo nos parecemos mucho a nuestros perros, a nuestros gatos, a nuestros mosquitos, a nuestros árboles… Somos seres que, mientras estamos vivos, vivimos.

¿Podemos pensar que nuestro perro, al que cuidamos como si fuera un hijo, no es un perro cuando no lo tenemos ante nuestros ojos?

Parece tontería plantear semejante pregunta, y casi más tonto ponerse a pensar en dar una respuesta. El perro es perro y punto. Lo mismo que el gato es gato, el mosquito es mosquito, el árbol es árbol… y lo que es, es.

Sin embargo han sido muchos los humanos que no han parado de hacerse preguntas y, que sepamos, no ha habido perros ni gatos ni mosquitos ni árboles que se hayan planteado «tonterías» de ningún tipo: se limitan a nacer, alimentarse, crecer, reproducirse si hay posibilidades y morir llegado el momento. Hay quien mantiene que algunos humanos tampoco se han planteado nada nunca y se ajustan a lo mismo.

De las reflexiones de los muchos que no han dejado de hacerse preguntas, podemos hablar de una categoría, aunque afortunadamente incluye, de oficio, a todo humano: la persona.

Las personas tendríamos, modestamente, que vivir una vida razonable -emanada de la razón- compatible con la inteligencia que nos caracteriza y que nos distingue de nuestros perros, de nuestros gatos, de nuestros mosquitos, de nuestros árboles…

No siempre lo hacemos, lamentablemente. En demasiadas ocasiones nos dejamos guiar por nuestras preferencias -por no decir por nuestro instinto animal- en una vida sin cálculo sobre el mañana, porque calcular en la vida implica temor. Se calcula para evitar el dolor.

Enfatizamos cuando olemos dolor y somos capaces de exclamar con sentimiento: ¡Pobre… es una persona humana!

Lamentablemente tiene que ser el dolor el que dé la consciencia al humano que la consigue, el que lo eleve a persona.

¿Qué diríamos de un ser que no es?

No me refiero al que se cuestiona «ser o no ser», como otro Hamlet cualquiera, sino al que nada se plantea, al adherido al no ser, al que se deja llevar, al más cercano a nuestro perro, a nuestro gato, a nuestro mosquito, a nuestro árbol…

¿Qué decir si el poder prefiere a quien no es y procura destruir al que es consciente y da gracias de no formar parte de él?

¿Por qué se mantiene un sistema insostenible?

Se sostendrá, con artificio, mientras haya humanos que lo mantengan, sin ser conscientes de su contribución o sabiendo muy bien lo que significa su dejarse llevar. Se sostendrá mientras la mayoría se aferre a su cuota de poder; mientras haya padres inconscientes; mientras haya hijos interesados; mientras haya hermanos manipuladores; mientras la educación, la salud, la política… estén dominadas por inconscientes, interesados y manipuladores; mientras no tomemos decisiones personales, siendo personas conscientes de que somos y de nuestra circunstancia.

Lo que, como humanos, tenemos que comprender ya lo indicó Ortega y Gasset en sus «Meditaciones del Quijote«: «Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo.»

Lamentablemente el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

Por fortuna, también es el único que puede tratar con su mundo, dirigirse a él, actuar en él, ocuparse de él. Si solo lo hace desde la perspectiva de una minoría es porque la mayoría consiente, con su actitud, que así sea.

«Doy gracias porque no soy

de la rueda del poder, sino

uno de los seres vivientes

que ella destruye.»

                                   Rabindranath Togore

bueno por conocer

El poder conoce las debilidades del ser humano y las utiliza: aprieta pero no ahoga. Solo estigmatiza al porcentaje suficiente para ejemplarizar lo que puede suceder a quien no se someta, a quien ose la búsqueda de algo mejor o el enfrentamiento.

La cuota de poder, bien repartida, se ofrece en pequeñas dosis en ámbitos familiares y laborales para que sirva de contención ante individualidades que quieren ir más allá de lo malo conocido.

Desde la defensa de lo conocido, por malo que sea, a la aventura de lo por conocer, aunque se presuma mejor; hay un paso que no es fácil de dar. Y en esas estamos.

El poderoso sabe que nadie que tiene los pies en el suelo se aventura. Nadie que esté agarrado, con una o con dos manos, a cualquier soporte medianamente estable; se soltará sin haber asegurado con firmeza sus dos pies en la tierra. Sólo los que están sin apoyo se van a arriesgar.

Nuestra historia reciente nos dice qué ocurrió cuando, en un momento determinado, el poder erró sus previsiones, traspasó el porcentaje, y provocó que la mayoría buscara algo mejor. Nuestra memoria no puede olvidar tan pronto cómo se resolvió el despiste: fascismo y guerra.

No dudemos que lo volverían a hacer.

«EN EL 18 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE CALVO SOTELO

Su santa intolerancia


«Nuestra arrogancia previsora, apriorística, ínspirada en la fe y no en el despecho, nos ha preservado de todo acatamiento a la República, y de reverenciar sus jerarquías, y de convivir con sus instituciones, y de formar en sus cuadros de mando y de saludar su enseña tricolor, secuestradora de la vieja bandera de la Patria.»

(Del discurso de Calvo Sotelo en el Palace Hotel, de Madrid, el 12 de enero de 1936, con ocasión del homenaje nacional a las minorías monárquicas de las Cortes.)

La Vanguardia. Barcelona. 7 julio 1954«

Pero no dudemos tampoco que los poderosos han trabajado duro para conseguir sus propósitos sin repetir los mismos errores. Solo unos pocos serán sacrificados. Al resto: ¡miedo!

Seguiremos esperando mientras nos conformamos con lo malo conocido.  Amén.