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SOLEDAD DE HUMANO

(c) grojol

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En el fondo, seguramente muy en el fondo, el ser humano es bueno por naturaleza; pero, a fe mía, que hay excepciones, demasiadas tal vez, que no harían otra cosa que venir a confirmar la apuesta rousseauniana por la bondad. No por la existencia de nefastas individualidades tendríamos que concluir que la maldad está incrustada en alguno de los genes de todos los seres, supuestamente, portadores de alma; pero desalmados, como las meigas, haberlos haylos.

Más lo que me viene preocupando en los últimos tiempos no es, precisamente, la bondad o la maldad de las criaturas humanas; porque la consideración de bueno o malo siempre dependerá del cristal con que se mira y, lo que es peor, de quién sea el encargado de mirar y qué intereses estén en juego en el momento preciso del dictamen. Vamos que, para cuestiones de naturaleza tan humana, no tenemos garantizada la imparcialidad y andaremos, siempre, rozando el enmendar la plana a Rousseau de manera que se podría considerar, como suele hacerse frecuentemente en la publicidad de determinados productos, que nueve de cada diez humanos es retorcido y malo por naturaleza.

El hombre, de uno en uno –como diría a Julia, José Agustín Goytisolo-, aislado de los demás, solo; no tendría más remedio que ser bueno, porque no poseería la capacidad de abandonar su soledad ni de imponer a otros sus propios criterios. Pero… en algún momento se decidió, al parecer, que no era bueno que el hombre estuviera solo, y el resultado ha sido este humano… en sociedad, perdido en un maremágnum incontrolable, que termina aceptando mucho más de lo que podría conseguir en solitario a cambio de un pequeño tributo: la insatisfacción con su propio ser único.

“Somos los hombres intranquilos
En sociedad.
Ganamos, gozamos, volamos.
¡Qué malestar!
….                      “

         Jorge Guillén: “LOS INTRANQUILOS

¿No seremos nosotros mismos los que nos autodescartamos de la sociedad cuando no ponemos todo lo que hay que poner… o cuando no tenemos todo lo que hay que tener?: amor.

¿Y no será la ausencia de amor la que nos provoca esa paradójica situación tan peculiar y tan tonta?: soledad de humano.

(c) grojol

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Los otros humanos

Estos seres humanos ya no tienen derechos.

Se los han suprimido los que saben hacerlo.

Estos hombres y mujeres sin rostro son como polvo, no son nada (decía Goytisolo a Julia); sin nombre y sin edad son entregados a su mala suerte, de manera arbitraria y sin ningún juicio. Empujados a las olas horribles de un mar inmisericorde que no respetará lo que la frialdad de los números no quiso -o no la dejaron- respetar.

Son hombres y mujeres solos, abandonados por los que dicen que saben lo que hay que hacer, y tienen que dejarse zarandear por las aguas terribles de la indiferencia; todavía inconscientes de que el poder no sabe lo que dice saber porque no quiere lo que dice querer. Cansados de no tener aliento. Perdida la confianza, incluso en sí mismos, solo les queda la esperanza de que haya humanos en la orilla.

Cansados de ser una gota inútil en un océano amargo, absurdo y violento. Perdidos en las miradas de otros, que nunca llegan a sus ojos porque no las dejan llegar sus legítimos dueños (“Dueño de sí, dueño de nada” -dijo Manuel, el poeta de Málaga-); dueños con corbata o en trajes de plata, con perfumes de oro y corazón de lata.

La otra gente. Los que decimos ser. Los que aún no hemos sido expulsados de la orilla. Los otros. La dignidad de todos… ¿los recibiremos mirando a los ojos y haremos… un futuro compartido? ¡Humanos todos!

¿O dejaremos a “los que tienen el saber” que sigan haciendo “lo que tienen que hacer”? ¿O seguiremos echando los ojos al suelo… cuando no queramos ver lo que estamos viendo?

¡Hay tanto que hacer…!

…Y no lo estamos haciendo.

Dicen que soy héroe, yo débil, tímido, casi insignificante, si siendo como soy hice lo que hice, imagínense lo que pueden hacer todos ustedes juntos.”   (M. Gandhi)

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