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El kitsch de la cuestión

Es una palabra alemana que nació en medio del sentimental siglo diecinueve y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable

                                   Milan Kundera “La insoportable levedad del ser

La cuestión es que cualquiera es bueno para recurrir a su parcela de poder y tapar, cueste lo que cueste, lo que se le antoja inaceptable. No lo que es inaceptable, no. La objetividad es prescindible porque sí, porque lo decide el que puede, con criterio o sin él.

“Equis” tiene la costumbre de ver, únicamente, lo que quiere ver y oye solo lo que quiere oir. En cualquiera de los ámbitos que ostenta poder, no permitirá que nadie le señale, por evidente que sea, lo que no quiere ver; ni que le susurren, aunque sea con la mejor intención y sin intereses ocultos, lo que no quiere oir. En el mando de su mundo nadie tiene derecho a intervenir, porque cualquier tipo de intervención se podrá entender como el cuestionamiento de una perfecta gestión. Ni que decir tiene que, hacia los círculos superiores, “Equis” actuará siempre como se espera de él: nunca pondrá en peligro la autoridad del superior, aunque sea evidente su ineptitud o su falta de escrúpulos.

Este kitsch está presente en todos los tipos de organización. También en las democracias, por supuesto. Con él, nadie se atreve a señalar con el dedo para identificar lo que no es aceptable. Y si alguien osa señalar, inmediatamente será identificado, censurado, vigilado, señalado con el superior y despiadado dedo acusador, que servirá de advertencia a los demás; al resto de los potenciales señaladores de lo no aceptable; porque, para el poderoso, no son ellos los destinados a señalar la mierda. Ellos no saben nada de esas cuestiones ni de ninguna otra. Solo los que ostentan el poder tienen el privilegio de decirnos, o no decirnos, a los demás, lo que es y lo que no es mierda.

No obstante, todos sabemos más de lo que señalamos. Todos nos alegramos cuando alguien se atreve y señala la mierda que tanto ignoramos y que tanto nos molesta. Todos tenemos nuestras parcelitas de poder y no queremos que nadie nos muestre la nuestra, la que nos es esencialmente inaceptable. Por eso funciona el sistema. Este es el kitsch de la cuestión humana.

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