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Futuro perfecto o futuro imperfecto

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“No hay dictaduras hu-

manas,

      estrellas,

      solo estrellas,

      estrellas dictadoras nos gobiernan.”

                                                                                                 (León Felipe)

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Las sapientísimas y todopoderosas autoridades del país -el que sea, da igual- habían tomado todas las medidas económicas que les habían dictado los que han adaptado el sistema a su imagen y beneficio; los que, sin sentirse humanos, se ven a sí mismos como estrellas que deciden sobre el bien y el mal y, por supuesto, sobre millones de humanos; esos seres, para ellos, insignificantes y carentes de importancia.

Esos millones de pusilánimes amenazaban el sistema, su sistema, porque se estaba haciendo incontrolable; amenazaban su amplio margen de beneficios, porque había aceptado -el sistema, su sistema- un reparto inconcebible de lo que, hasta hace muy poco, había permanecido en sus dominios íntegramente; amenazaban su propia existencia divina, porque se habían automatizado demasiado las actualizaciones, sin necesidad de excesivos esfuerzos, sin apenas reivindicaciones, sin sacrificios colectivos… Eso suponía, casi, para millones de insignificantes, vivir como estrellas también, entrar en su terreno sagrado -en el de los auténticos seres superiores- y no lo podían consentir.

Los que se tienen por estrellas se sentían amenazados y no podían permanecer impasibles. Solo tuvieron que señalar con el dedo, y señalaron como únicos culpables de la penosísima situación a los insignificantes, a los desaprensivos que estaban viviendo por encima de sus posibilidades, a los que estaban poniendo en peligro su divino futuro. Y los culpables tenían que ser castigados de manera ejemplar.

Las autoridades, sapientísimas y todopoderosas, retocaron sus leyes, anularon contratos de trabajo, congelaron y redujeron pensiones y sueldos, reestructuraron las partidas presupuestarias más significativas -especialmente las de educación y sanidad destinadas a los  insignificantes, “¡ya está bien de derroches!”-,  animaron a los jóvenes a buscar en otros paises -diferentes al suyo- la última posibilidad de vivir como ya no se podría vivir nunca más. Una forma muy sutil de bajar los humos a quienes no podían ser acusados de haber vivido por encima de sus posibilidades, a los que, de paso, se les daría una lección inolvidable en un calculado fracaso anunciado: “No habéis tenido lo que había que tener para aprovechar las oportunidades que os hemos ofrecido”.

Los que se sienten estrellas dictaron, hace tiempo, la primacía de la economía y el abandono paulatino de la política; así que las autoridades -deslegitimadas por los nuevos dioses- menos poderosas ya, se dedicaron a tratar de cumplir el envenenado encargo, y perdieron el apoyo de los millones de acusados y condenados, sin juicio alguno, por haber vivido -según su sesgada divina opinión- por encima de sus posibilidades. Las autoridades  perdían apoyos y eran sustituidas por otras  que justificaban,  o no, sus acciones de gobierno -da igual el país- y se veían abocadas a ir perdiendo, de nuevo, los apoyos recibidos y a dar paso al siguiente equipo para hacer lo que había que hacer, lo que estaban exigiendo los poderosos.

Sin política, el sistema democrático se transformaba en un sistema timocrático que solo validaba lo que había sido previamente señalado por el único poder. Solo, pues, sería de interés para todas las naciones -todas las que cuentan para sus divinidades- lo que se hubiese dictado sobre lo que tenía que ser la economía. La única política autorizada sería la política económica que irían indicando los nuevos dioses.

No tardaron en aparecer salvadores que ofrecían la vuelta al pasado, la defensa de la patria -sea la que sea-, la pureza de la raza… a cambio de un apoyo incondicional, absoluto, ciego, irracional…

¡CUIDADO! Echemos una ojeada a la historia.

¡Cuidado con los salvadores de patrias! ¡Cuidado con las timocracias disfrazadas de autenticidad! ¡Cuidado con entregar la vida y la paz a cambio de humo maloliente con toque de perfume celestial! ¡Cuidado con no sentirse humano delante de un hermano! ¡Cuidado con poner la mano y pasar por sordo y ciego y mudo!

El futuro solo será nuestro en la medida en que participemos activamente en su construcción, sin entregar a nadie la exclusiva del proyecto ni de la obra y dentro de un sistema que no pueda ser manipulado por una minoría que se autoproclama salvadora. -¿Salvadora de qué?-

El futuro perfecto se construirá entre todos sin manipulaciones, con las manos de todos, sin salvadores de patrias -los que sean, las que sean-, con la fuerza de todos, sin poseedores absolutos de una verdad: la suya -no de la verdad-, con los corazones de todos, sin exclusiones, sin violencia…

Si dejamos a los que se creen estrellas-dioses-superiores, que lo diseñen solos y lo construyan de acuerdo a sus intereses, será la derrota de la humanidad que no representan, y nos veremos caminando hacia un futuro imperfecto.

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“¿Tu verdad? No, la Verdad,

y ven conmigo a buscarla.

La tuya, guárdatela.”

El hoy es malo, pero el mañana… es mío.”

(Antonio Machado)

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DESPOTISMO TIMOCRÁTICO

 La democracia basada en una mayoría silenciosa no es democracia, es otra cosa. Es urgente aclararlo, y poner en marcha las rectificaciones necesarias, para que la historia de España no sea el hazmerreír del mundo entero cuando, los que vivimos ahora, tengamos que entrar en ella por imperativo del tiempo.

 Aunque esa historia no sería solo la historia de España. Ahí están Grecia, Portugal, Italia, Irlanda, Francia, Alemania… con sus correspondientes mayorías silenciosas, con sus medidas para salvar el euro, con sus gobernantes adscritos al nuevo despotismo: el despotismo timocrático. Todo para el pueblo, pero no le digamos la verdad, que no sería capaz de soportarlo. Tomemos las decisiones nosotros, aunque les duela a ellos. Nosotros sabemos lo que hacemos. Ellos no. 

 La mayoría que quiere el gobernante que no se siente demócrata es la que no se manifiesta, la que está ahí apoyándole con su silencio. Cuando el gobernante está más cerca de ser, por sus acciones y sus omisiones, un déspota; no quiere gallitos en su corral, prefiere el rebaño.

 Sea cual sea el camino que haya recorrido hasta llegar a ocupar el puesto que ocupa, no quiere que los gobernados le hinchen las narices con tonterías. No admite quejas ni reclamaciones, porque quiere hacer creer que lo que hace es lo que hay que hacer, que no se puede hacer otra cosa con los materiales que tiene disponibles.

 Realmente, por el hecho de ser gobernante, cree que posee un don y no puede soportar ruidos que ahoguen su discurso y que mengüen su credibilidad. Él, entonces, las prefiere silenciosas -me refiero a las mayorías- y no lo puede ocultar, y aunque lo suyo no es la comunicación, aprovecha la menor ocasión para difundir sus preferencias ante las televisiones del mundo, que es como le gusta decir las cosas que le interesa proclamar a los cuatro vientos.

 Para que una mayoría sea considerada silenciosa debe dejarse llevar por la inercia del voto cuatrienal y permanecer en el limbo sin preocuparse de nada. Solo así, sostendrá el interesado gobernante, puede ser feliz él mismo y el individuo. Solo así, se le reconocerá efectivamente útil su voto. Solo así, dejando actuar a los que saben, todo será mejor para todos.

 El individuo no existe, para el déspota, fuera de su ubicación natural y, únicamente, dentro de esa masa uniforme será aplaudida su entrega. Ese dejarse llevar, anestesiado, por una pretendida seguridad -pobre iluso- de que nadie le expulsará jamás de su intocable paraíso, es la baza del déspota. Así, aislado, no es consciente de que su actitud le coloca en una posición de renuncia de su propio ser, en una irrealidad que le mantendrá ciego, no porque no pueda ver; que le dejará mudo, no porque no pueda hablar; que le hará sordo, no porque no pueda oír…

 Hasta que el déspota timocrático, que no dispone de libertad porque la liquidez manda, tiene que echar mano de lo que hasta entonces había sido intocable: la mayoría silenciosa; y aparece la exclusión, que siempre era para otros, y las contradicciones afloran y el ciego no tiene más remedio que mirar y ver lo que está ocurriendo y el sordo comienza a oír y el mudo revienta si no habla y el que era un santo, ahora es un nazi, porque el individuo se está dando cuenta de que las promesas eran engaños y la democracia… una quimera.

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El animal, el hombre, la sangre…

El pobre muchacho se quedó boquiabierto cuando el maestro, en un repaso de Ciencias Naturales le preguntó:

– ¿Tú eres un animal?

Cerró la boca como pudo, miró de reojo a los compañeros y respondió:

– Yo no. Yo soy una persona. ¿Y tú? (aquello del usted se perdió y perdido queda) 

– Claro que sí. Yo soy un animal. Mira -enseñándole el libro de ciencias-.

Cuando observó la foto de un niño, en una de las láminas del libro que trataba de la clasificación de los animales, entre las de un oso, un león, un tigre, un mono… no sabía cómo reaccionar.

Y es que muchos humanos nos creemos superiores a otros por detalles que no tienen importancia, detalles que nosotros mismos sobrevaloramos. Seguramente porque la cotización de lo que se valora está alta en esos momentos en el vigente mercado de la vida, pero no porque realmente lo valorado suponga ni un ápice más de superioridad real sobre nadie.

El extremo de esta autoevaluación absurda lo tenemos reciente. No hay más que ver las imágenes de los horrores nazis en la Europa de hace nada. Una visita a alguno de los campos de concentración de los “raza superior-alemanes” nos impresionará, sin duda, solamente al contemplar una de las habitaciones llenas de montañas de cabellos expropiados a las víctimas: lo último y más intimo que podían expropiar a una persona, por muy animal que hubiera sido, y nos puede dar la clave de la ineficacia, como seres serios, de la propia evaluación y de la comparación con nuestros semejantes, con nuestros hermanos, cuando lo hacemos mirando únicamente nuestro beneficio.

La suma constante de asesinatos violentos entre nosotros mismos, con apellido dependiente de la moda vigente: que si de género, que si político, que si sexual… nos debería hacer reflexionar, para mejorar como especie, y llevarnos a dejar de esforzarnos en situarnos en el centro en clasificaciones de animales ya que, al fin y al cabo, somos el único animal que las hace y me da la impresión de que las hacemos a nuestro gusto, observandonos el consabido centro de nuestro ser: nuestro ombligo. Y si no somos capaces de esa reflexión, sigamos como hasta ahora y a ver a donde llegamos.

Y no indaguemos en lo cotidiano, en lo que no llega a la categoría de suceso, pero que sucede; en lo que no derrama sangre, pero que hiere; en lo que no asesina violentamente, pero que deja millones de muertos, uno a uno, que no tienen más remedio que seguir viviendo. No indaguemos porque tendriamos que expulsarnos, si hubiera justicia, de nuestro propio paraiso. (O inventarnos alguien que lo hiciera, o pedir que otro animal hiciera las clasificaciones dichosas.)

La sangre…, la familia…, resulta ser el sitio donde más violencia de baja intensidad se produce cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día. Pero eso no es noticia en ningún medio de comunicación.

Muchos Brutos, con ropajes de santo y sin argumentos, hacen sufrir y matan a los que llevan su misma sangre, a los de su misma especie. Muchos Hitleritos caseros… Muchos monstruos de su casa… Mucha chulería… económico-política… Mucho creer que los animales son otros.

¿Cuándo vamos a asumir que, uno a uno, no somos para tanto?

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