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Ser y poder

¿Qué pensamos de un ser que no es?

La pregunta es vieja y nada original. Quizá el matiz de lo plural, por si alguien se anima a la reflexión y al intercambio, le dé un ligero toque novedoso.

Los humanos nos habituamos a vivir sin la consciencia suficiente de que vivimos, de para qué vivimos, de por qué vivimos. En ese modo de ocupar un lugar en el mundo nos parecemos mucho a nuestros perros, a nuestros gatos, a nuestros mosquitos, a nuestros árboles… Somos seres que, mientras estamos vivos, vivimos.

¿Podemos pensar que nuestro perro, al que cuidamos como si fuera un hijo, no es un perro cuando no lo tenemos ante nuestros ojos?

Parece tontería plantear semejante pregunta, y casi más tonto ponerse a pensar en dar una respuesta. El perro es perro y punto. Lo mismo que el gato es gato, el mosquito es mosquito, el árbol es árbol… y lo que es, es.

Sin embargo han sido muchos los humanos que no han parado de hacerse preguntas y, que sepamos, no ha habido perros ni gatos ni mosquitos ni árboles que se hayan planteado “tonterías” de ningún tipo: se limitan a nacer, alimentarse, crecer, reproducirse si hay posibilidades y morir llegado el momento. Hay quien mantiene que algunos humanos tampoco se han planteado nada nunca y se ajustan a lo mismo.

De las reflexiones de los muchos que no han dejado de hacerse preguntas, podemos hablar de una categoría, aunque afortunadamente incluye, de oficio, a todo humano: la persona.

Las personas tendríamos, modestamente, que vivir una vida razonable -emanada de la razón- compatible con la inteligencia que nos caracteriza y que nos distingue de nuestros perros, de nuestros gatos, de nuestros mosquitos, de nuestros árboles…

No siempre lo hacemos, lamentablemente. En demasiadas ocasiones nos dejamos guiar por nuestras preferencias -por no decir por nuestro instinto animal- en una vida sin cálculo sobre el mañana, porque calcular en la vida implica temor. Se calcula para evitar el dolor.

Enfatizamos cuando olemos dolor y somos capaces de exclamar con sentimiento: ¡Pobre… es una persona humana!

Lamentablemente tiene que ser el dolor el que dé la consciencia al humano que la consigue, el que lo eleve a persona.

¿Qué diríamos de un ser que no es?

No me refiero al que se cuestiona “ser o no ser”, como otro Hamlet cualquiera, sino al que nada se plantea, al adherido al no ser, al que se deja llevar, al más cercano a nuestro perro, a nuestro gato, a nuestro mosquito, a nuestro árbol…

¿Qué decir si el poder prefiere a quien no es y procura destruir al que es consciente y da gracias de no formar parte de él?

¿Por qué se mantiene un sistema insostenible?

Se sostendrá, con artificio, mientras haya humanos que lo mantengan, sin ser conscientes de su contribución o sabiendo muy bien lo que significa su dejarse llevar. Se sostendrá mientras la mayoría se aferre a su cuota de poder; mientras haya padres inconscientes; mientras haya hijos interesados; mientras haya hermanos manipuladores; mientras la educación, la salud, la política… estén dominadas por inconscientes, interesados y manipuladores; mientras no tomemos decisiones personales, siendo personas conscientes de que somos y de nuestra circunstancia.

Lo que, como humanos, tenemos que comprender ya lo indicó Ortega y Gasset en sus “Meditaciones del Quijote“: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo.

Lamentablemente el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

Por fortuna, también es el único que puede tratar con su mundo, dirigirse a él, actuar en él, ocuparse de él. Si solo lo hace desde la perspectiva de una minoría es porque la mayoría consiente, con su actitud, que así sea.

Doy gracias porque no soy

de la rueda del poder, sino

uno de los seres vivientes

que ella destruye.”

                                   Rabindranath Togore

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