Acabo de darme cuenta de que estoy vivo

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Tras casi tres años creyéndome entre los muertos (sírvanse, por favor, leer -o releer- mi primer post en este blog), acabo de darme cuenta de que estoy vivo. Y no sé cómo explicar la extraordinaria emoción que siento por este resucitar tan inesperado.

Tengo que confesar que ya me había hecho a la idea de estar muerto y que, si digo la verdad, creía gozar de una posición privilegiada en mi extraño nuevo estado; porque, evidentemente, no había tenido que pasar los trámites habituales de todo ser que deja de existir y ya nadie le ve el pelo: no hubo enfermedad larga ni brutal accidente, no hubo entierro con misa obligada ni incineración ni lágrimas de despedida… solo recuerdo un portazo de la vida, unos seres, que se quedaron dentro, al otro lado de la puerta, y mi alma, que se quedó fuera y partida irremediablemente. El golpe acababa de instalar un muro vergonzoso, como todos los muros que se conciben para separar lo que antes estaba, con más o menos fuerza, unido.

Un error de apreciación, por falta de experiencia, me llevó a creer lo peor y así he permanecido desde aquel 2 de junio de 2.011 en el que acababa de darme cuenta de que estaba muerto. Ahora me explico un montón de cosas que, durante esta alucinante travesía, no terminaba de comprender y ya las daba por asumidas sin comprensión, es decir, aceptadas mágicamente porque así son o porque alguien, muy superior a mi, así lo había dispuesto.

El haber permanecido tanto tiempo en la no existencia, aunque haya sido de manera virtual, me ha dado cierta capacidad para comprender y fuerza para tratar de reconquistar la posición que todo ser humano debería, al menos, mantener ante sí mismo y ante los suyos: la dignidad.

He permanecido, pues, indignado, irritado, enfadado profundamente con los responsables de mi situación, de mi presunta muerte, de mi inexistencia; y me he mantenido al margen de cualquier decisión propia sobre esa situación, dándola por buena y no haciendo otra cosa que aguantar y enviar quejas al viento o en botellas de cristal arrojadas al mar por si alguien encuentra alguna y siente curiosidad y decide leer las amargas quejas de alguien que no existe. ¡Qué locura!

La vida tiene que ser más fácil que toda esa parafernalia que somos capaces de montar para defendernos de no sé qué poderosos adversarios; cuando el principal freno, en nuestra existencia, es el que nosotros mismos nos ponemos, el que nos administramos cuando no queremos ningún tipo de responsabilidad en cuestiones que no nos conciernen, porque hemos decidido que así sea, porque hemos decidido dejarla en las manos de otros y sin ningún control, confiados en la bondad absoluta del ser humano.

Ante esta nueva situación; una pregunta para mi: ¿Puedo?

Y la misma para los demás: ¿Podemos?

A la primera, que es la mía, ya respondo: solo, no.

A la segunda, que es la nuestra, también respondo: ¡Podemos! ¡Sí que podemos!

¡Espero más respuestas!

PODEMOS

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