4. Se hace camino…

…“Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
“…
Antonio Machado

Nada más lejos de mi intención que pretender hacer una guía de pasos por un camino que no existe. Sería ponerme a la altura de los avispados vendedores de humo que hipotecan, sin escrúpulos, las voluntades de cuantos incautos, creyendo en la buena humanidad de sus semejantes, muerden los afilados anzuelos que aquellos distribuyen en este alborotado mar de intereses.

El camino en el que nos ponen desde que llegamos a este mundo está marcado por ellos, los vendedores de humo. Ellos lo tienen preparado para que todo sea como es, “como debe ser”. Cualquier tipo de alteración sobre lo programado habrá de pasar los controles previos que ellos han decidido de antemano y, en todo momento, los cambios que hubieran tenido que ser aceptados deberán reconducirse, lo más rápido posible, para que todo vuelva a ser “como tiene que ser”; como les gusta a ellos que sea.

La familia y la escuela, que son cosa de ellos, son las encargadas de mantener, por las buenas, la situación controlada. En ambas instituciones se reproduce continuamente la enseñanza de perpetuación (tener que + infinitivo = obligación), a la que se va añadiendo, sin que nadie lo note, el aditivo del miedo. Otras instituciones se encargarán de asuntos más profundos y graves, pero esa cuestión no es la que nos ocupa ahora. Ya llegará el momento de ocuparse de ellas.

Para hacer camino es preciso que sepas quien eres.

Eres un ser humano. Un ser humano que no es menos que otro ser humano -tampoco es más, aunque ese desajuste -el creerse más que otro- es más propio de ellos-. Eres un ser humano con vida propia, con sentimientos, con capacidades… y, esto es muy importante, un ser humano que no ha venido al mundo con un camino predeterminado por el que deba transitar.

Tienes que saber que si siempre está presente lo que tú quieres y sientes, es porque es natural. Lo que no es natural es que todo esté ordenado para que cuando haya discrepancia, gane el “tener que más infinitivo” que te han enseñado; o, dicho de otra manera más horrible, que siempre gane la renuncia a lo que quieres y sientes… Y, encima, que la discrepancia te siente mal. No es natural que siempre te sientas mal.

Deberás aprender a gestionar tus pasos. Deberás comprender que el camino no es estar siempre haciendo lo que debes, porque no debes nada a nadie. Nadie tiene nada que exigirte.

Se impone algo que nunca quisieron enseñar los que prefieren que todos hagamos “lo que hay que hacer”; lo que ellos quieren que hagamos, no lo que realmente sentimos y queremos hacer. Se impone aquello que en cualquier momento de liberación de la humanidad ha supuesto la principal condición para avanzar: adquirir la consciencia de que eres un ser humano con tus sentimientos y con tus deseos. Se impone aceptarte así. Se impone reconocerte así. Se impone convencerte de que puedes tener tu vida, de que mereces tener tu vida sin estar pendiente de la aprobación de nadie, sin deber nada a nadie, sin atender exigencias que ni son razonables ni vienen determinadas por ningún ser superior ni por ninguna ley.

Tienes que saber que puedes tener muy cerca -más cerca de lo que podrías imaginarte- a quien se considera superior a ti, a quien te va a exigir que cumplas con lo que “hay que hacer”. Tienes que saber que, sea quien sea, siempre actúa con la misma intención: que regreses al camino, a su camino, a hacer lo que hay que hacer, a hacer lo que espera de ti. Tienes que saber que tratará de aislarte, si te resistes; que te difamará, si persistes; que te despreciará, si insistes.

La decisión es tuya. No es fácil. El camino que te han señalado no es el único. Si decides dar pasos y hacer otro camino, eres libre de hacerlo. No estás sola. No estás solo.

                                                        “…Tu libertad es la mía.” (R. Tagore)

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Ser y poder

¿Qué pensamos de un ser que no es?

La pregunta es vieja y nada original. Quizá el matiz de lo plural, por si alguien se anima a la reflexión y al intercambio, le dé un ligero toque novedoso.

Los humanos nos habituamos a vivir sin la consciencia suficiente de que vivimos, de para qué vivimos, de por qué vivimos. En ese modo de ocupar un lugar en el mundo nos parecemos mucho a nuestros perros, a nuestros gatos, a nuestros mosquitos, a nuestros árboles… Somos seres que, mientras estamos vivos, vivimos.

¿Podemos pensar que nuestro perro, al que cuidamos como si fuera un hijo, no es un perro cuando no lo tenemos ante nuestros ojos?

Parece tontería plantear semejante pregunta, y casi más tonto ponerse a pensar en dar una respuesta. El perro es perro y punto. Lo mismo que el gato es gato, el mosquito es mosquito, el árbol es árbol… y lo que es, es.

Sin embargo han sido muchos los humanos que no han parado de hacerse preguntas y, que sepamos, no ha habido perros ni gatos ni mosquitos ni árboles que se hayan planteado “tonterías” de ningún tipo: se limitan a nacer, alimentarse, crecer, reproducirse si hay posibilidades y morir llegado el momento. Hay quien mantiene que algunos humanos tampoco se han planteado nada nunca y se ajustan a lo mismo.

De las reflexiones de los muchos que no han dejado de hacerse preguntas, podemos hablar de una categoría, aunque afortunadamente incluye, de oficio, a todo humano: la persona.

Las personas tendríamos, modestamente, que vivir una vida razonable -emanada de la razón- compatible con la inteligencia que nos caracteriza y que nos distingue de nuestros perros, de nuestros gatos, de nuestros mosquitos, de nuestros árboles…

No siempre lo hacemos, lamentablemente. En demasiadas ocasiones nos dejamos guiar por nuestras preferencias -por no decir por nuestro instinto animal- en una vida sin cálculo sobre el mañana, porque calcular en la vida implica temor. Se calcula para evitar el dolor.

Enfatizamos cuando olemos dolor y somos capaces de exclamar con sentimiento: ¡Pobre… es una persona humana!

Lamentablemente tiene que ser el dolor el que dé la consciencia al humano que la consigue, el que lo eleve a persona.

¿Qué diríamos de un ser que no es?

No me refiero al que se cuestiona “ser o no ser”, como otro Hamlet cualquiera, sino al que nada se plantea, al adherido al no ser, al que se deja llevar, al más cercano a nuestro perro, a nuestro gato, a nuestro mosquito, a nuestro árbol…

¿Qué decir si el poder prefiere a quien no es y procura destruir al que es consciente y da gracias de no formar parte de él?

¿Por qué se mantiene un sistema insostenible?

Se sostendrá, con artificio, mientras haya humanos que lo mantengan, sin ser conscientes de su contribución o sabiendo muy bien lo que significa su dejarse llevar. Se sostendrá mientras la mayoría se aferre a su cuota de poder; mientras haya padres inconscientes; mientras haya hijos interesados; mientras haya hermanos manipuladores; mientras la educación, la salud, la política… estén dominadas por inconscientes, interesados y manipuladores; mientras no tomemos decisiones personales, siendo personas conscientes de que somos y de nuestra circunstancia.

Lo que, como humanos, tenemos que comprender ya lo indicó Ortega y Gasset en sus “Meditaciones del Quijote“: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo.

Lamentablemente el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

Por fortuna, también es el único que puede tratar con su mundo, dirigirse a él, actuar en él, ocuparse de él. Si solo lo hace desde la perspectiva de una minoría es porque la mayoría consiente, con su actitud, que así sea.

Doy gracias porque no soy

de la rueda del poder, sino

uno de los seres vivientes

que ella destruye.”

                                   Rabindranath Togore

El hombre insultado

El insulto es una capacidad específicamente humana. No es posible entre animales de inferior categoría. Ellos son más directos que los humanos.

El que insulta se crece, levita, y espera la sumisión del insultado.

 

El insulto es pura violencia para provocar, y mantener, el sometimiento. Es amenaza constante. Es un virus que no puede curarse con pócimas ni medicamentos.

 

“La historia del hombre es el esperar con paciencia el triunfo del hombre insultado”.

 

Un triunfo que no interesa a los beneficiarios del insulto, porque tendrían que mostrar directamente su animalidad para obtener los mismos resultados: su intocable estatus. Eso implicaría un derroche de energía, un despliegue de actividades de control y una exposición a miradas indiscretas que… en principio no son interesantes, ni rentables, pero solo en principio.

 

La historia está llena de excepciones despiadadas. De nombres designados para impedir ese triunfo del hombre insultado: amin, boKassa, ceausescu, duvalier… franco, gadafi, hitler… kim, mussolini… obiang, pinochet… stalin…

 

“El hombre es peor que un animal cuando es un animal.”

 

El día a día está lleno de nombres que eligen el insulto para elevarse delante de los suyos, para creerse más y con más derecho a vivir como a ellos les parece que tiene que ser, para dictar al insultado lo que tiene que hacer, lo que ha de decir, lo que ha de callar y cómo debe vivir.

 

Y ocurre… que el hombre insultado se aguanta y aprende a vivir con la pena en el alma y no quiere violencia y se calla… porque piensa que “los hombres son crueles, pero el Hombre es generoso.”

 

Y el hombre insultado sigue confiando en la generosidad del Hombre, esperanzado en que el insulto sea lo máximo que tenga que aguantar de sus humanos semejantes.

 

Y el hombre insultado prefiere soportar la mentira diaria de los que insultan a tomar la determinación de señalar la realidad, como aquel niño que señaló con su dedo la real desnudez que todos conocían y que nadie se atrevía a señalar por miedo.

 

¿Es por miedo por lo que aguantamos?

 

 

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“Citas”: Aves errantes (Rabindranath Tagore)

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