Rupturas y sentimientos

Porque somos humanos podemos pasarnos la vida entera dándole vueltas a lo que ocurrió y no tenía que haber ocurrido, según nuestro particular entender. Es posible que esa manera de proceder no sea saludable, pero me parece que es demasiado frecuente entre nosotros.

El asunto se hace especialmente doloroso cuando lo que ha sucedido supone la ruptura de una relación. Se añade un plus de dolor si la ruptura no fue producto de un consenso más a menos “amigable”, si no hubo un sincero diálogo, si existió premeditación por una parte y el consecuente “no-sé-como-afrontar-lo-que-se-me-viene-encima” por la otra. 

En casos complicados se van sumando puntos en esa fatídica escala, según hayan sido las circunstancias que acompañaron a los componentes de la relación rota: el roce, el parentesco, la antigüedad, la admiración, la dependencia, la entrega, el egoísmo, la premeditación, el sometimiento, el número…

El dolor no se reparte de la misma manera en todos los sujetos de una ruptura. Depende del peso del compromiso, del valor real de la apuesta inicial, del grado de generosidad…

Unos, los “ingenieros” de la operación, posiblemente se tomaron su tiempo y decidieron el momento de la notificación de “su” liberación. Otros, los “sorprendidos”, con toda seguridad se encontraron, de sopetón, con esa gran ola que deshacía la estabilidad de su mundo y se resistieron a creer que estaba ocurriendo lo que estaba ocurriendo.

Una ruptura se produce en una relación que ha gozado de un tiempo y de unos sentimientos compartidos, al menos en teoría. Se suele suponer que se trata siempre de una pareja que, además de tiempo y sentimientos, han compartido sexo como ingrediente fundamental; pero no es así necesariamente. Existen infinidad de relaciones rotas por intereses contrapuestos entre miembros de una misma sociedad, de una misma familia: padres, hijos, hermanos, pueblos, países… 

Entre aquellas tiene relativa importancia, es verdad, desde su génesis hasta su desenlace, el sexo y, en bastantes ocasiones, la aparición de una tercera persona. Entre las demás, la génesis suele estar, más o menos explícitamente, en el dinero. Y en ambas el desenlace viene con un común denominador: la ausencia de diálogo y la explosión de un súbito interés que ya no admite demora.

En todas es posible la aparición de un “argumentario” de justificación, desde la “ingeniería” de la operación, que suele tratar de dar explicaciones a lo que, generalmente, no tiene más que una explicación: la decisión unilateral de independencia porque sí y punto. Desde la otra parte, la sorpresa suele traer consigo infinidad de sentimientos negativos y mucho dolor. Pero lo fundamental, para entender el desenlace, es que el diálogo no existe ya y quizá llevaba tiempo arrinconado.

Todos somos humanos. Todos tenemos sentimientos. Pero no todos somos iguales… ni en responsabilidades…  ni en dolores… ni en sentimientos… ni en intereses.

Algunos podemos pasarnos la vida entera dándole vueltas a lo que ocurrió, y no tenía que haber ocurrido, pero no sería bueno dejarse caer en el resentimiento ni en el rencor…                                                                                                         Otros, desde su desprecio desmedido y su pretendida superioridad, pueden permanecer impasibles, sin señales de dolor, sin asumir ningún tipo de responsabilidad… pretendidamente libres…

Lo ocurrido en una ruptura es parte de la vida y es preciso saber reponerse para que aquello no suponga un lastre para continuar viviendo.

Solo el diálogo nos permite afirmar que somos humanos. Pero… dos no dialogan si uno no quiere.

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Los que mueven los hilos

 

Somos tan torpes… y ellos son tan sabios…

Los que mueven los hilos… nos están engañando.

                                                                                       

Tantas veces… nos pusieron la miel en los labios.

Tantas veces creímos… que estaban ayudando.

 

Y resulta que no… que no estamos hechos de barro,

que no somos tan torpes, ni ellos son tan sabios.

                                                                                  

Nos hicieron creer y creímos…

nos dejaron caer y caímos…

Y resulta que…                                                                                  

ellos son los buenos y nosotros los malos.

 

Los que mueven los hilos… nos están sangrando,

nos quitan las fuerzas… nos la están jugando.

Y resulta que… 

nunca lo vemos. -No lo veo yo y tú no lo ves.-

 

Todo lo que mueven… es por interés.

Traicionan a cualquier humano,

los que mueven los hilos…

y, si es preciso, a su propio hermano.

 

Y su interés determina las leyes,

esos hilos que nos mueven como marionetas,

con los que dominan, “para nuestro bien”,

los mercados, la vida, lo que es… y lo que no es.

 

Es con esos hilos con lo que van indicando

quien es el que reina en su mundo amañado,

quien tiene derecho al camino y quien será marginado,

quienes son los que vuelan y quienes van arrastrando.

 

Mas somos humanos, que no marionetas,

que un mundo mejor es posible si todos contamos,

que el derecho al camino es de todos los que en él caminamos,

que hacen falta hilos nuevos que aseguren… que sus manos van a estar quietas.

¡Es lo que hay!

Hay siempre algún dolor 

en las espaldas de un humano…

y humanos que no quieren saber 

de otras espaldas.

 

Hay silencios que gritan 

cuando no son posibles las palabras…

y gritos que se ahogan 

ante humanos sin entrañas.

 

Hay veces que no hay dolores, si son ajenos,          

aunque sean los de un hermano.                                             

Hay veces que duele menos                                                                                    

cuando el dolor es lejano.                    

                                                 

Hay humanos diferentes…

y humanos que no quieren diferencias.

Hay humanos consecuentes…

y humanos que no asumen consecuencias.

 

Hay quien sabe que lo que hace 

lo hace mal, y no le importa nada.

Hay quien no sabe lo que hace,

y defiende su ignorancia con espada.

 

Hay quien no quiere soñar… 

y roba a quien tiene un sueño.

Hay quien no quiere hacer… 

y deshace lo que está hecho.

 

Hay quien no quiere vivir… 

y destruye lo que es bueno.

Hay quien no quiere ni amar…

y rompe el corazón ajeno.

 

¡Es lo que hay!

¿No hay más?

¡Qué más quisiera!

Nunca ya volverá a venir la primavera
como venía antes,
cuando aún estaba intacto el manantial
y el sol y la tierra… y el amor.

¡Qué más quisiera!
Que volviera a venir aquella
y, como antes, ella distinguiera
entre tanta mentira, la verdad.

Nunca ya volverá a ser como antes.
aunque la verdad viera;
porque no están limpios sus ojos
negados a la luz y a la razón.

¡Qué más quisiera!
Que volviera a latir su corazón
como antes de entregarse al desamor
lo hiciera.

Ya no me volverá a influir su queja terca
ni su reiterado desdén ni su insistencia…
Lo que creyó lejos, estuvo siempre cerca;
mas eligió hacer infinita la ausencia.

¡Qué más quisiera!
No haber sido rechazado, despreciado,
señalado por la indecencia
de quien finalmente más ha perdido que ha ganado.

Nunca volveré a ser como antes
de haber sido castigado sin motivo.
Ya siempre seremos seres distantes,
rotundamente rotos: sin contigo… sin conmigo.

¡Qué más quisiera!
Que ella decidiera deshacer tantos entuertos
y que pudiera ver resucitados
los hijos que decidió un día dar por muertos.

Nunca ya volverá a venir la primavera
como venía antes,
cuando aún estaba intacto el manantial
y el sol y la tierra… y el amor.

¡Padre! ¡Qué más quisiera!